9/1/21

Dios juega a los dados, ¿o no?

 

 

Hace poco más de una semana, publiqué en un post y en el Blog la imagen en la que, con gesto sorprendido y gozoso, estaba rodeado de los nuevos libros que acababan de llegar a casa.

Entre ellos estaba Un verdor terrible de Benjamin Labatut, que nos ha estado ocupando casi toda la noche, mientras Madrid yacía dormido e inmovilizado, rodeado de nieve por todas partes.



Labatut reconoce que lo que ha escrito “es una obra de ficción basada en hechos reales” y nos ha acercado hasta Karl Schwarzschild, Shinichi Mochizuki o Alexander Grothendieck, y nos ha hecho retornar a otros tiempos, que no son estos, con Fritz Haber, Erwin Schrödinger, Niels Bohr, Werner Heisenberg o el bueno de Albert Einstein.




Retornar a aquella mañana, a aquella epifanía (Págs. 173-174) que cierra el capítulo vi de una novela que tú y yo sabemos y que abre un mundo, que abre «una historia que contar, en la que integrar ajenas vidas junto a la vida propia; teníamos un presente rabioso, pautado, el día a día inexorable de esta Praga milenaria, ahora gélida y nevada; teníamos a Meme, the woman with the red umbrella, y a su mundo ignoto y desconocido –¡tan atractivo, tan atrayente como ella, que tan bien sabe ser quien es!–, una Meme bien escurridiza, que, sin embargo, había venido a nuestro encuentro; y teníamos muy especialmente a una Lieserl vivita y coleando, dando fe de vida, señales de haber vivido en aquella Praga de los años 30, que es y no es esta».



Retornar a aquella mañana del 13 de enero de 1910 de una Praga agazapada, dormida, con la nieve rodeándonos:

 

«Me levanté, resuelto, de la cama: Una extensa capa de blanca nieve recubría cualquier lugar al que dirigiera la vista desde la ventana de mi habitación y había sepultado la ciudad de Praga bajo un brillante y luminoso manto blanco –delicioso momento ese, todo cubierto por la blanca nieve, cuando el aire se serena, los sonidos se tamizan, se vuelven tenues, silenciosos, la luz se intensifica, se multiplica y se adensa y el yo cobra plena conciencia de sí, integrado en un entorno aprehensible–. El mundo estaba ahí, a mi lado, rodeándome: ¡Yo lo sabía bien! Podía reconocer cada pequeño recoveco, cada insignificante detalle, cada árbol joven o añoso, cada seto, cada oquedad, cada teja ennegrecida, aunque ahora todo estuviera cubierto por un cúmulo de blanca nieve. ¡Yo podía contarlo! ¡Había sido elegido para contarlo!».

 


Y Labatut, casi concluyendo su libro, mientras la luz empieza alborear en Madrid: “Podemos despedazar átomos, deslumbrarnos con la primera luz y predecir el fin del universo con solo un puñado de ecuaciones, garabatos y símbolos arcanos” (Pág. 210). Y afirmando: “La mecánica cuántica, la joya de la corona de nuestra especie, la teoría física más precisa, hermosa y con mayor alcance que hemos inventado” (Pág. 211).

Pero, desesperanzado: “Es como si la teoría hubiese caído a la Tierra al igual que un monolito proveniente del espacio, y nosotros sencillamente gateamos a su alrededor como simios, jugando con ella, lanzándole piedras y palos, sin ninguna comprensión verdadera” (Pág. 211).



Y nosotros, con un café en la mano, retornamos a la ciudad suiza de Arosa, y recordamos lo que allí sucedió a Erwin Schrödinger y la epifanía en la que surgió su famosa ecuación. Y rememoramos a Lieserl, que en su Diario en 1935 escribe (Págs. 228-229:


 

¿Me gustaría ejercer de yegua con el «semental» –en palabras de Anny, su mujer; aunque parece que más bien quería llamarle «caballo de carreras»– que es Erwin Rudolf Joseph Alexander Schrödinger, el guapo físico vienés? No y mil veces no, yo no soy yegua de ese tipo de caballos.

¿El mundo conocerá alguna vez quién era la jovencita que estaba con Erwin Schrödinger en las navidades de 1925 pasando apretadamente juntos unos días de vacaciones y de lujuria en un hotelito en Arosa, en los Alpes suizos, cuando descubrió la famosa ecuación conocida como ecuación de Schrödinger?

Si yo dijera o escribiera lo que sé alguien sabría tanto como yo (y no es un problema de probabilidades, ni de partículas, ni de incertidumbres, ni de observadores inexistentes, ni de pólvora que ha explotado o no ha explotado, ni siquiera de gatos encerrados en cámaras de acero que a la vez que están vivos están muertos... Aunque por haber, sí que había gato encerrado).

 


O recordamos al bueno de Albert (Gott würfelt nicht), con Dios, el Viejo, jugando a los dados, ¿o no?, que da título al capítulo viii de esa novela que tú y yo sabemos.

O a Niels Bohr, replicando al ingenioso Albert para que dejara a Dios conducir el mundo y hacer lo que debía hacer.



O a Lieserl, nuestra Lieserl, que en febrero de 1933 escribe en su Diario, que es el nuestro (Pág. 213):

 

Mientras Albert está en Pasadena, y Dios no se sabe si jugando a los dados, o no –o acaso contemplando, distante, un mundo desordenado y sin ley–, Adolf Hitler logra el poder como Canciller de Alemania y las hordas nazis irrumpen en su casa de Berlín y en la casita que había construido en Caputh, mostrando claramente y sin recato alguno sus sentimientos antijudíos y su profundo odio hacia Albert.

 

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