21/6/26

No le toques ya más que así es…

 


Fin de semana leyendo otro libro muy yo (Adorno en Nápoles), al que tenía ganas de echarle el diente desde hace tiempo –a veces, el escritor lee y no escribe, aunque siga en el taller del artista, ya que, como bien sabes, quien bien escribe, mucho ha de leer; y yo, llevado de mi natural inclinación, como le sucedía a aquel que deambulaba por el Alcaná de Toledo, también soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles–.



Es verdad que el golfo de Nápoles y los míticos escenarios de la Ilíada homérica o de la Eneida virgiliana han dado mucho de sí para quienes, jóvenes ansiosos de luz y de experiencias enriquecedoras, peregrinaban a Italia en el Grand Tour a principios del siglo pasado.

Así lo hacen cuatro pensadores alemanes, Benjamin, Adorno, Kracauer y Sohn-Rethel, que se encuentran en el Nápoles de 1925 –en el libro leído se cuenta lo que allí les sucedió y lo que dio de sí aquel viaje iniciático–.

Los cuatro intelectuales alemanes, jóvenes treintañeros progresistas, ansiosos en la búsqueda de sí mismos y de su papel en la sociedad de la época, recorren con pasión y provecho Nápoles, la isla de Capri, Positano, Sorrento o la costa amalfitana. En ese entorno idealizado reflexionan por primera vez sobre el concepto de constelación o de imagen dialéctica, que tanto han de dar de sí posteriormente en lo que conocemos como la Teoría Crítica o la Escuela de Fráncfort –no solo describir o explicar cómo funciona la sociedad, sino cuestionar las estructuras de poder que la sustentan para lograr la emancipación de los individuos frente a la opresión–, convirtiendo aquellos paisajes misteriosos y siempre fascinantes de la Italia meridional en la filosofía de la modernidad.

Y no has de olvidar que un año antes, en 1924, Walter Benjamin ya había estado en esas tierras, que fue allí donde conoció a la esplendorosa letona Asja Lācis, la que iluminaba sus días azules y ocupaba sus tórridas noches mediterráneas en la isla de Capri, tal como se cuenta en Los papeles de Walter Benjamin. Fue entonces cuando Benjamin escribió en El origen del drama barroco alemán: «Cada personaje, cada cosa y cada situación puede significar cualquier otra».

 

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