1/12/18

Praga maravillosa, milenaria y mágica




Praga maravillosa, milenaria y mágica, como se dice y se reitera en una novela que tú y yo sabemos. Praga, una vez y otra vez más.

 Praga, siempre Praga; mágica Praga; Praga adorada y adorable; PRG, simplemente.

 O como nos describe Lieserl Einstein en una entrada de su diario de 1931 (Págs. 159-160):



Desde mi ventana me gusta mirar todos los días hacia la impresionante silueta del Castillo de Praga, enhiesta sobre la colina, con más de once siglos de historia a cuestas, que se alza sobre la madre de las urbes checas, la ciudad de las mil torres, la Praga de oro. Y si su silueta impresiona cuando la miro de día, aún resulta más hermosa e imponente cuando se la observa de noche, sobre todo si está bañada por la pálida luz de la luna.

 «Veo una gran ciudad, cuya gloria va a tocar las estrellas» (Město vidím veliké, jehož sláva hvězd se bude dotýkat), profetizó la mítica princesa Libuše para la fundación del Castillo de Praga. «Diríjanse al bosque profundo —ordenó a los hombres de su cortejo. «Allí encontrarán a dos hombres tallando un umbral. En ese lugar construyan la nueva ciudad, que llamarán, según el umbral —práh en checo—, Praha». Así describe la fundación del Castillo la leyenda checa.

O como la misma joven Lieserl le escribe al bueno de Albert en carta de 28 de diciembre de 1933 (Pág. 192):

Praga, hermosa de día, coronada por mil torres —catedral de San Vito, iglesia de Nuestra Señora de Týn, ayuntamiento de la Ciudad Vieja, con su famoso reloj astronómico, Puente de Carlos, Clementinum, Puerta de la Pólvora, iglesia de San Nicolás y una larga serie que se alarga hacia el infinito—, y hermosa de noche, iluminada por mil estrellas, cuando los fantasmas despiertan de su sueño y se levantan para recorrer sus calles adoquinadas y oscuras. Me gusta asomarme, de día y de noche, a la ventana de mi cuarto y contar en voz baja: una, dos, tres, cuatro... y así hasta que me canso de contar a unas y a otras.

O, en el trascurso de la peripecia de la novela (Págs.112-113), según cuenta nuestro narrador:

Salí del local. Hacía frío y la noche y la oscuridad se habían apoderado de Praga. Estaba un poco aturdido. La música, la sexualidad explícita, las palabras tan poco recatadas que se habían dicho y muy especialmente lo que me había insinuado el Coronel me habían dejado incómodo. No quise coger el tranvía 20 para encaminarme hacia casa y me dirigí hacia el Národní divadlo, al otro lado del río Moldava. Pasearía un rato por la otra orilla del río, hacia el Puente de Carlos, dejando que el frescor de la noche y la humedad que se desprendía del agua me calmaran. El Castillo lucía, imponente, en lo alto, más allá del río; la iluminación nocturna, sabia y artísticamente organizada, resaltaba su poderío y magnificencia. Más al fondo, a la izquierda, la hilera de luces del funicular, apuntaba hacia el mirador de Petřín, que se vislumbraba en la altura. Y aquí, al lado, el agua del Moldava susurraba su ronco sonido de años, mientras cientos y cientos de aves —cisnes vulgares, porrones moñudos, unos cuantos cientos de gaviotas reidoras, que no cesaban de revolotear y emitir gritos estridentes y agudos, y otras diversas aves que no pude reconocer bien en la oscuridad— parecían no tener prisa alguna por cerrar los ojos en la noche praguense.

¿Qué había dicho o qué había querido decir el Agregado de Defensa? ¿Qué había insinuado sobre lo que sé o sobre lo que debiera saber? Si yo solo sé que no sé nada, o creo que eso es lo que sé. Pero dijo algo más acerca de que los herederos sí saben quién soy yo. ¿Meme? ¿Meme estará implicada en esta historia, acertijo, adivinanza o vayan ustedes a saber qué?

El frío estaba haciendo esconderse a los últimos turistas que aún deambulaban por el Puente de Carlos. Caminé rápido entre ellos, sin prestar atención a las diversas estatuas religiosas que jalonaban los pretiles del puente. En ese momento me vino a la mente Tom Cruise y los demás personajes de Misión imposible, algunas de cuyas escenas se habían rodado en estos lugares. El mundo de las traiciones, los espías, los dobles o triples juegos, las apariencias que engañan, la sangre que no es sangre y la muerte que no es muerte pero que parece como si lo fuera se agolpaban en mi mente. Me vi dentro de la película, jugando a un juego de buenos y malos, de verdad engañosa —engaño a los ojos, o a la mente, donde el cielo azul que todos vemos ni es cielo ni es azul—, juego de mentiras que han de salir a relucir, de realidades y ficciones entremezcladas. ¿O era el mundo de la película el que venía a desarrollarse en mi realidad? ¿Era yo, era Meme, era el Coronel, eran Max Brod y Lieserl y Otto Schödinger los que estábamos interpretando una película cuyo guion desconocíamos y cuya evolución y desenlace ignorábamos? Y si había película, debía haber un guion previo, un storyboard bien estructurado y definido y un director todopoderoso; y alguien había hecho el casting y seleccionado las personas o los personajes, y había un inmenso gentío participando en todo el proceso, tomando cada cual las decisiones que le eran propias para llegar a enlatar o grabar un producto cerrado, artístico, que se mostraría luego a los espectadores. ¿Y qué pintaba yo en todo esto? Con estas y otras ensoñaciones llegué a la plaza de Malostranská, cogí el tranvía y me dirigí hacia casa. Ya estaba bien. Ya habría ocasión de seguir con todo esto, que no quería volverme loco, que no debía dejar que me volvieran loco.

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