Fin de semana leyendo otro libro muy yo (Adorno en Nápoles), al que tenía ganas de echarle el diente desde hace tiempo –a veces, el escritor lee y no escribe, aunque siga en el taller del artista, ya que, como bien sabes, quien bien escribe, mucho ha de leer; y yo, llevado de mi natural inclinación, como le sucedía a aquel que deambulaba por el Alcaná de Toledo, también soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles–.
Es
verdad que el golfo de Nápoles y los míticos escenarios de la Ilíada homérica o de la Eneida virgiliana han dado mucho de sí para quienes,
jóvenes ansiosos de luz y de experiencias enriquecedoras, peregrinaban a Italia
en el Grand Tour a principios del siglo pasado.
Así lo hacen
cuatro pensadores alemanes, Benjamin, Adorno, Kracauer y Sohn-Rethel, que se
encuentran en el Nápoles de 1925 –en el libro leído se cuenta lo que allí les sucedió
y lo que dio de sí aquel viaje iniciático–.
Los
cuatro intelectuales alemanes, jóvenes treintañeros progresistas, ansiosos en la
búsqueda de sí mismos y de su papel en la sociedad de la época, recorren con
pasión y provecho Nápoles, la isla de Capri, Positano, Sorrento o la costa amalfitana.
En ese entorno idealizado reflexionan por primera vez sobre el concepto de constelación
o de imagen dialéctica, que tanto han de dar de sí posteriormente en lo
que conocemos como la Teoría Crítica o la Escuela de Fráncfort –no solo
describir o explicar cómo funciona la sociedad, sino cuestionar las estructuras
de poder que la sustentan para lograr la emancipación de los individuos frente
a la opresión–, convirtiendo aquellos paisajes misteriosos y siempre
fascinantes de la Italia meridional en la filosofía de la modernidad.
Y no has
de olvidar que un año antes, en 1924, Walter Benjamin ya había estado en esas
tierras, que fue allí donde conoció a la esplendorosa letona Asja Lācis, la que iluminaba
sus días azules y ocupaba sus tórridas noches mediterráneas en la isla de Capri,
tal como se cuenta en Los papeles de
Walter Benjamin. Fue entonces cuando Benjamin
escribió en El origen del drama barroco alemán:
«Cada personaje, cada cosa y cada situación puede significar
cualquier otra».
