29/3/26

La patria del escritor

 

 

«Quien ya no tiene ninguna patria, halla en el escribir su lugar de residencia», según aparece escrito en el epígrafe 51 de Minima moralia, de Theodor W. Adorno, la obra que estoy releyendo nuevamente.



Tal como reconocíamos hace un par de día en televisión (https://www.youtube.com/watch?v=cA3oXq49stU), según se recoge en la solapa tanto de Sinfonía de Praga como de Los papeles de Walter Benjamin:

Nacido en la ribera del río Corcos, en las inmediaciones del Esla, en la localidad leonesa de Villahibiera (1956), uno se presenta habitualmente como hijo de su padre y de su madre, a la vez que como hijo de su tierra y de su tiempo, aunque ha llegado a convertirse en ciudadano del mundo.

Pero no se equivocaba Adorno cuando, en 1945, desde Nueva York, alejado por la fuerza del nazismo de su tierra alemana, escribía acerca de cómo la patria y el refugio del escritor es la escritura.



Aunque, como dejamos escrito en Los papeles de Walter Benjamin (30):

Puedes ir más lejos, o de otra manera, como bien escribió Michael de Montaigne en sus Essais: «Yo ahora y yo hace un momento somos dos».

Así somos, así queremos ser, así queremos seguir siendo, en estos mundos tan multiformes y tan nuestros, donde no hacemos otra cosa que «glosarnos los unos a los otros».

Y el escritor que se precie como tal puede y debe ir más allá, como hemos reiterado en Los papeles de Walter Benjamin (196):

«La literatura como expresión estética de la ética humana (Nulla aesthetica sine ethica): Responsabilidad ética para analizar críticamente el pasado y críticamente comprometerse con el presente; corresponsabilidad ética con el mundo que hemos de dejar hacia el futuro».

 

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