8/5/26

Eric Clapton en la vigilia del Dia de la Victoria (Den vítězství)

 

 

En la víspera del 8 de mayo, el Día de la Victoria (Den vítězství), un día muy señalado para la República Checa y para toda Europa, el día de la rendición de las fuerzas nazis, el final de la Segunda Guerra Mundial en el continente europeo, acudí al concierto de Eric Clapton en Madrid.

Lástima que el concierto acabara de manera acidentada después de tan conmovedoras canciones, bien recordadas por todos, como Tears in Heaven (Véase abajo).

Acompañado por mi hija María, escuchando en directo a Eric Clapton, grata vigilia para recordar que el 8 de mayo de 2014, después de muchas peripecias, se da por felizmente concluida y puesta a disposición de los lectores Sinfonía de Praga (Tú, que eres curioso, podrás acudir a la página 522 de la novela, donde quedarás gratamente sorprendido).


 




 

4/5/26

Tal día como hoy –o de lo que hace ya 50 años fue–

 

Cuando ya casi todo hace 50 años que fue, tal día como hoy, 4 de mayo, vino a nuestro mundo un periódico muy yo, El País, el periódico que, en buena medida, ha configurado nuestra sociedad y que me ha ido configurando a mí como persona.



Tú bien sabes que hace unas semanas escribí mis deseos del momento: “Espero que el sol de primavera me ilumine todas las mañanas, que las lluvias de junio me rejuvenezcan y que pueda recoger todos los frutos que me depare el otoño, en esta etapa tan gratificante y hermosa que ahora inicio».

Eso escribía hace unas semanas, cuando, después de unos años como Catedrático de Lengua Castellana y Literatura y de más de 37 años de ejercicio profesional como Inspector de Educación, iniciaba mi jubilación.

Eso escribía cuando dejaba las responsabilidades públicas durante tantos años ejercidas –«Todos tienen derecho a la educación», el Art. 27.1 de nuestra Constitución Española ha sido mi lema durante todos estos años, como tú bien sabes–, para dar paso al escritor que llevaba dentro desde hace más de 50 años y que ahora aflora sin limitación alguna.

El chico de provincias que yo era entonces, hace cincuenta años, se vino a la Universidad Autónoma de Madrid para estudiar Filología Hispánica –¡cómo pasa el tiempo, cuando de casi todo hace ya cincuenta años!–. En ese momento se encontró con que había un hombre ya muy viejecito que agonizaba dolorosamente en el Hospital La Paz y al que, quienes promovían seguir en el pasado, no le dejaban morir–¡cuánto le cuesta morir al pasado–. Y se encontró en las aulas con Fernando Lázaro Carreter, Juan Manuel Rozas, Violeta de Monte, Francisco Abad, Ignacio Bosque, Ramón Sarmiento, Antonio Rey, Ramón Santiago, Antonio Narbona, Julio Rodríguez Puértolas, Miguel Dolç, Alfredo Deaño, Santos Madrazo y compañía, tú ya bien sabes.

Aquel chaval de provincias soñaba con llegar a Madrid, a la villa y corte, al lugar donde se ata a los perros con longanizas y donde se forja la fama pública de los escritores. Y enseguida logró que Ernesto Escapa le invitara a la tertulia vespertina que se realizaba en aquel momento en la Casa de León, en la calle del Pez, con Jesús Torbado, Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Pedro Aparicio y tutti quanti.

Todos los tertulianos alrededor de una mesa en la vieja Casa de León, con un café o un carajillo en una mano y mucho humo alrededor. Y, en medio de la mesa, una sempiterna botella de coñac. Todos bebiendo como cosacos, como si no hubiese un mañana, mientras yo defendía como podía que a mis pocos años de chico de provincias ya publicaba reseñas literarias en Informaciones, el periódico vespertino de la época, que entonces dirigía Emilio Romero y les contaba que el bueno de Pedro Miguel Lamet había logrado tal prodigio: y en vespertino madrileño, un jueves por la tarde, qué bien lo recuerdo, apareció mi primera crítica, dedicada a La noche que llegué al café Gijón de Francisco Umbral. Y luego siguieron otras dedicadas al brasileño Autran Dourado y a todo aquel que cayó en mis manos –¡qué grato era para aquel chaval de provincias, pelo largo y vaquero sucio algo raído, acercarse a la sede del periódico, a la calle de la Madera, ascender hasta la primera planta y salir con unas decenas de pesetas en efectivo en la mano: ¡un capital, entones, para quien nada tenía!–.

Aunque el grupo de escritores leoneses me acogía en su generoso seno y, a la hora pagar, no me dejaba pagar a escote –¡que el chico de provincias crezca primero, que para pertenecer al gremio de escritores leoneses primero hay que haber publicado un libro, me reiteraba José María Merino: «¡Y tú no has publicado ninguno!», me apuntaba, inmisericorde, con el dedo.

De nada servía indicarles que en León me había enseñado Lengua española durante dos años en Bachillerato don Miguel Díez, el hermano de Luis Mateo; o que me había dado clases de Dibujo el tío cura de Andrés Trapiello –¡el único suspenso en toda mi vida!–; o que Julio Llamazares se acercaba a veces hasta Villahibiera para escribir o para contemplar el Puente Blanco sobre el río Corcos, ya que no sobre el Esla. «No, primero hay que publicar un libro; aunque puedes beber coñac gratis, que nosotros te invitamos».

Y tampoco habría servido de nada que les hablara de Claraboya y de José Antonio Llamas –¡y no amanece!, que el viejecito que agonizaba en el hospital La Paz no moría ni a tiros– o de Agustín Delgado (con quien luego coincidí en la Inspección Central del Ministerio de Educación); o de Espadaña y de Victoriano Crémer (conservo algunas de las cartas manuscritas que este me enviaba); o que coincidí en mi primer año de profesor dando clases con Rogelio Blanco. O que les anunciara, que ya era mucho predecir, lo que iba a ser La negrilla del villahibierense Amancio González.

De modo que aquel chico de provincias que aspiraba a ser escritor en la villa y corte, al que invitaban a coñac en la Casa de León en Madrid tuvo que dejar sus sueños de escritor y convertirse en catedrático de Lengua y Literatura, en marido de Mercedes, o en padre de Arturo y de María, y dedicarse a escribir sobre proyectos curriculares y la organización de los centros docentes o sobre el procedimiento administrativo aplicado a las instituciones docentes y hasta a ejercer como Inspector de Educación y asumir diversas responsabilidades públicas, o convertirse en Agregado de Educación en la embajada de España en Praga y tantas otras cosas que le ayudaran a sobrevivir durante las pasadas décadas.

Y ese chico de provincias es hoy día lo que es en buena medida gracias a El País, a aquel periódico tan yo que vino a nuestro mundo tal día como hoy, hace cincuenta años, y que hemos ido leyendo día a día durante todo este tiempo, estuviéramos en Madrid o en León, en Bilbao, en Calatayud o en Caspe, en Praga, en París o en tantas otras ciudades del mundo, de este mundo redondo y transitable en el que nos ha tocado vivir.


Cincuenta años después de todo aquello, sin que se haya formado pelotón de fusilamiento alguno ni tenga que recordar la tarde en que mi padre me llevara a conocer el hielo, después de «Sinfonía de Praga» hace unos años, después de «Los papeles de Walter Benjamin» el año pasado y después de lo que vendrá –«La alegría de vivir», que completará la trilogía «Constelaciones de Europa»–, seguimos leyendo «El País» cada día, todas las tardes, bien arrellanado en la en la chaise longe del estudio o repantigado en el sillón orejero del salón, con el periódico bien emplazado sobre las piernas, ese periódico que sigue configurando el mundo en el que uno vive, en estos tiempos de tanto ruido y tanta furia, donde se agradece encontrarse cada día con lo que bien se sabe, bien se conoce y bien se quiere, nuestro periódico de todos los días.






2/5/26

Panorama desde el presente

  

He estado en el Centro cultural de la villa Fernán Gómez viendo la obra de Arthur Miller «Panorama desde el puente».

Estrenada en septiembre de 1955, la obra está ambientada en la década de 1950, en los suburbios portuarios de la ciudad de Nueva York.

En el escenario dominado originariamente por la imponente presencia del Puente de Brooklyn, Miller aborda el drama de los inmigrantes indocumentados e ilegales de aquella época.

En aquel entonces, eran principalmente italianos los que llegaban a Estados Unidos en busca de una oportunidad en la que idealizaban como la tierra de las oportunidades. Años después, hispanos de diverso origen, asiáticos y personas de otras partes del mundo están viviendo la misma dolorosa situación que se describe en la obra de teatro.

Panorama de aquella época –que es también esta, que es también la nuestra–, panorama de estos tiempos de ruido y furia en los Estados Unidos de hoy y en la España actual, como todos bien sabemos.

Pero la obra de Miller no solo presenta el doloroso panorama de los inmigrantes, sino que también reflexiona sobre las relaciones familiares, las emociones y los celos, culminando en una tragedia desgarradora que emociona al espectador.

Magnífica puesta en escena de esta obra, de gran actualidad y muy recomendable, que si no tienes ocasión de ver bien puedes leerla.




29/4/26

Haciendo por la vida...

  

...ayer tarde, haciendo por la amistad, haciendo por la cultura, acompañando al bueno de José Manuel Querol Sanz en la presentación de su libro No soy de un pueblo de bueyes –Apuntes insumisos sobre España– en la sala de arte de La Central del museo Reina Sofía.



De lo íntimo a lo académico, de lo político a lo cultural, de lo melancólico a lo onírico, y todo ello muy bueno y bien traído, en estos tiempos de ruido y furia en que vivimos, encontrarás en el libro de mi buen amigo José Manuel.

 


26/4/26

¿Se refieren a ti cuando de otros dicen…?

 

 

El «Tramapantojo» de Max (Babelia de ayer, 25 de abril) lleva por título “Notas al pie”:

 

https://elpais.com/babelia/2026-04-25/trampantojo-notas-al-pie.html

 

Aunque en su viñeta Max bien podría haberse referido con propiedad al Compleméntum (Manifiesto)» de «Sinfonía de Praga o al epígrafe «Notas, comentarios e imágenes (Post scriptum)» de Los papeles de Walter Benjamin.

 



Como tú bien sabes, la primera edición de Sinfonía de Praga, que, tal como se acredita en el colofón que la cierra, se terminó de imprimir el 28 de octubre de 2017, acogía cien copias en cartoné –numeradas del 001 al 101– y novecientas copias en rústica –numeradas del 101 al 1000– (Puede verse la imagen extraída del ejemplar n.º 101).



Y a ello habría de añadirse que, junto con la primera edición de la novela, se imprimieron, además, únicamente cien ejemplares de «Compleméntum (Manifiesto)» –¡dichoso de aquel bibliófilo que un ejemplar posee!–.

En la contracubierta del Compleméntum aparece escrito lo siguiente:

 

¿Y si la novela —nowwwela o nowebla—, plena, ya suficiente y encerrada en sí misma, es complementada —que no completada— con aquellos elementos que siendo ella y de ella ayudan a explicarla, a mejor o de otro modo entenderla?

¿Y si la obra, autónoma y autosuficiente, integra asimismo el credo o manifiesto en el que se sitúa y explicita el Ars Poetica por el que ha sido creada —cada movimiento, cada época, cada verdadera obra artística necesita, ya sea por reproducción o rechazo, ya sea por creación ex novo, un credo en el que sustentarse—?

De este modo, integrando en una obra de arte la novela propiamente dicha y el complemento —Compleméntum (Manifiesto)— que la determina, se habría logrado la obra de arte total y única, que quedaría así convertida en obra de culto.

El autor estaría, pues, autorizado a desaparecer, escritas ya todas las palabras —¡realización completa!

 

Y el Compleméntum (Manifiesto) no es moco de pavo, que 338 páginas tiene, como bien saben los que lo han podido degustar, y acoge el verdadero arte de hacer novelas en este tiempo.

 

Y si de Sinfonía de Praga pasas a Los papeles de Walter Benjamin, y acudes a la página 18 de la novela, te encontrarás con lo siguiente:


 

Asociado al relato narrativo y ensayístico de Benjamin, está a disposición del lector, al final del libro, el epígrafe «Notas, comentarios e imágenes (Post scriptum)», un centenar de páginas que acogen más de trescientas notas y comentarios que complementan los Papeles de Benjamin, así como sesenta y cinco imágenes, que hacen más vívido el relato y lo autentifican a los ojos del lector.

Algunas de esas notas aportan información rigurosa y útil, que puede resultar interesante para degustar y comprender mejor la narración de Benjamin [Las notas 1, 2, 3, 4 o 10 son ejemplo de ello].

Buena parte de las notas indican, con precisión y detalle en muchos casos, de dónde proceden las citas de la obra de Benjamin que se integran en el relato. Así se permitirá a quien lo desee seguir explorando el complejo mundo de la obra benjaminiana [Las notas 5, 6 y 7 son muestras paradigmáticas de lo indicado].

Hay otras notas y comentarios que complementan la narración y aportan información contrastada sobre la peripecia de la vida de Benjamin o sobre hechos y sucedidos que Benjamin no conocía cuando estaba escribiendo su relato en el verano de 1940. El ejemplo más significativo de ello es la última nota del epígrafe, numerada como nota 319, que ocupa una treintena de páginas: Va a permitir conocer con detalle lo que realmente sucedió en Portbou la tarde de aquel miércoles de pasión, o lo que aconteció aquel jueves de dolor, el aciago 26 de septiembre de 1940, en el que la muerte vino a reunirse con Walter Benjamin.

Se ha escrito mucho acerca de esos dos días de septiembre de 1940 –no siempre con acierto–. Ahora, por fin, se podrá leer información precisa sobre el trágico suceso, sobre la pasión y muerte de Walter Benjamin, así como ver la documentación gráfica acreditativa del caso que cierra esta novela en marcha, estos Papeles de Walter Benjamin.

Y hay, finalmente, algunas notas y comentarios que abren la novela a otros mundos [Muestra de ello es la nota 9 –Poética de la novela–, la nota 304 –Pasión y muerte de Antonio Machado, tan paralela, a la vez que tan complementaria a la de Walter Benjamin–, o la nota 316 –Mujer morena, muy atractiva y sensual, que lleva puesto un ajustado vestido rojo–, por citar únicamente tres casos]; o notas que ponen en cuestión el relato de Benjamin: ¿Cuántas maletas llevaba Alma Mahler consigo cuando cruzó los Pirineos hacia España, huyendo de los nazis, el viernes, 13 de septiembre de 1940? Buena era Alma con su atuendo personal; bien seguro que llevaba un suntuoso y completo juego de maletas. Pero, ¿cuántas? ¿Acaso quince maletas? Tendrás que acudir más adelante, a la nota 299, para saberlo.

Aunque, si quieres ponerte en situación de lectura, no estaría mal que comenzaras por la nota 295 o que leyeras el epígrafe «Agradecimientos –ad personas, et cætera», que te pondrán en la mejor disposición para leer estos Papeles de Walter Benjamin.

 

Vale.

 

22/4/26

Dos libros muy yo, acerca de ese pasado que tan cerca de nosotros está

  

Llevo unos cuantos días investigando y documentándome sobre un pasado no tan lejano, que tan cerca de nosotros está, con dos libros que son muy yo, ambos escritos por el alemán Uwe Wittstock:

  • Februar 33: Der Winter der Literatur. Verlag C. H. Beck, München 2021.
  • Marseille 1940: Die große Flucht der Literatur. Verlag C. H. Beck, München 2024.

El primero de ellos (Febrero de 1933. El invierno de la literatura) es un meticuloso relato histórico de la escalofriante rapidez con la que Hitler desmanteló en poco más de un mes, en febrero de 1933, el Estado de derecho alemán y, con él, el mundo intelectual, literario y artístico de la república de Weimar.



        

De Heinrich a Thomas Mann, de Bertolt Brecht a Alfred Döblin, de Walter Benjamin a Hannah Arendt y otros cientos de personajes de la cultura y de la literatura alemana, todos ellos, afectados de manera personal y directa, tuvieron que huir a toda prisa de Alemania, para tener que salir luego de Europa, siete años después.

En el libro se relata cómo en poco más de un mes, después de tomar posesión como canciller el 30 de enero de 1933, Hitler y sus secuaces se apoderan de Alemania y de todas sus gentes, con algunos momentos álgidos como el incendio del Reichstag el 27 de febrero, las elecciones generales de 5 de marzo o la quema pública de libro llevada a cabo el 10 de mayo, con las SA y las SS campando por doquier.

En el segundo de los libros mencionados (Marsella 1940. Los artistas que huyeron del nazismo) Wittstock muestra cómo cuando en junio de 1940 la Wehrmacht de Hitler llega a París, miles y miles de personas tienen que huir rápidamente hacia el sur buscando la salvación y no perder la vida en la Francia ocupada.




Muchos de los que huían a toda prisa judíos, intelectuales y artistas renombrados se encaminan a Marsella, buscando salir rápidamente de la Francia y de la Europa ocupada por las fuerzas hitlerianas.

Entre las personas que deambulaban por Marsella en el otoño de 1940 había muchos personajes ilustres, entre los que se encontraban Walter Benjamin, Henry Mann, Hannah Arendt, Franz Werfel, Alma Mahler, André Breton, Marc Chagall, Marcel Duchamp, Max Ernst, Claude Lévi-Strauss y tantos otros.

Y en contraste con esa realidad, tal como detalla Uwe Wittstock en su libro, un esforzado periodista norteamericano, Varian Fry, o la joven Lissa Fittko realizaron meritorios esfuerzos para lograr sacar de Francia a través de los Pirineos a aquellas personas que se encontraban como ratas enjauladas en la Europa de aquel momento y que, en su huida, solo buscaban la salvación y la vida fuera del territorio europeo.

Para quienes gusten de más información al respecto, les será muy grato acudir a la serie británica «Transatlántico» (Netflix), que se estrenó en 2023 y da a conocer visualmente la Marsella de 1940 que se retrata en el libro de Wittstock.

Como tantas veces hemos reiterado, y bien conocen los lectores de «Los papeles de Walter Benjamin» (Pág. 196):

 

«La literatura como expresión estética de la ética humana (Nulla aesthetica sine ethica): Responsabilidad ética para analizar críticamente el pasado y críticamente comprometerse con el presente; corresponsabilidad ética con el mundo que hemos de dejar hacia el futuro».

 

30/3/26

A vueltas por el camino de Walter Benjamin a Portbou

 

 

En la revista «El Cultural» del pasado 27 de marzo publica Ignacio Echevarría su colaboración semanal, titulada en esta ocasión “El camino de Walter Benjamin”.

¡Cuántas vueltas y revueltas ha dado de sí ese viaje de Benjamin hasta Portbou, hasta la localidad catalana donde le estaba esperando la muerte, aquel infausto jueves, 26 de septiembre de 1940!

Después de Los papeles de Walter Benjamin (Sial Pigmalion), bien se sabe que el 26 de septiembre de 1940, después de haber salido de Francia de manera irregular y de haber cruzado los Pirineos a pie hacia España por la ruta Líster –la misma que, en sentido inverso, en la Retirada, habían hecho unos meses antes miles y miles de españoles derrotados, Antonio Machado entre ellos–, Benjamin vino a encontrarse con la muerte, que le estaba esperando en Portbou, y se suicidó a fin de impedir que la policía española le devolviera a Francia y le entregara a la Gestapo.

Y bien se sabe también que en Los papeles de Walter Benjamin se da a conocer el manuscrito que Benjamin llevaba durante los últimos meses de su vida en la famosa cartera negra que siempre llevaba consigo, ese manuscrito que él consideraba más importante que su vida.

Cuando a Benjamin le recriminan, Lisa Fittko incluida, porque, fatigado, siempre lleva consigo a cuestas su pesada cartera negra de cuero, les dice a todos los que quieren escucharle: «Es mi nuevo manuscrito, en el que casi todo escrito está».

Y por si no queda claro, Benjamin añade:

«Debe usted entender que esta cartera y lo que contiene es lo más importante para mí. No puedo arriesgarme a extraviarla. Es necesario que el manuscrito que llevo conmigo se salve. Es muy importante. Mucho más que mi vida».

 Como los buenos lectores bien saben, en Los papeles de Walter Benjamin se narran al natural los datos autobiográficos más relevantes de la vida de Benjamin –“C’est moi que je peins”, escribió Montaigne en sus Ensayos, a la vez que se muestran algunos de sus pensamientos e ideas más relevantes (su obra), mientras se narra el tiempo de ruido y furia que le ha tocado vivir.

 Mientras tanto, este escritor sigue contando la verdad de la vida propia y hasta de la ajena, y les dice a los lectores: «Cuídate y sé feliz, que lo demás no importa», según escribió Walter Benjamin el domingo, 22 de septiembre de 1940, cuando se estaba despidiendo del Vieux-Port marsellés y ya se encaminaba al encuentro con la muerte, que le estaba esperando, cuatro días después, en Portbou.




 

29/3/26

La patria del escritor

 

 

«Quien ya no tiene ninguna patria, halla en el escribir su lugar de residencia», según aparece escrito en el epígrafe 51 de Minima moralia, de Theodor W. Adorno, la obra que estoy releyendo nuevamente.



Tal como reconocíamos hace un par de día en televisión (https://www.youtube.com/watch?v=cA3oXq49stU), según se recoge en la solapa tanto de Sinfonía de Praga como de Los papeles de Walter Benjamin:

Nacido en la ribera del río Corcos, en las inmediaciones del Esla, en la localidad leonesa de Villahibiera (1956), uno se presenta habitualmente como hijo de su padre y de su madre, a la vez que como hijo de su tierra y de su tiempo, aunque ha llegado a convertirse en ciudadano del mundo.

Pero no se equivocaba Adorno cuando, en 1945, desde Nueva York, alejado por la fuerza del nazismo de su tierra alemana, escribía acerca de cómo la patria y el refugio del escritor es la escritura.



Aunque, como dejamos escrito en Los papeles de Walter Benjamin (30):

Puedes ir más lejos, o de otra manera, como bien escribió Michael de Montaigne en sus Essais: «Yo ahora y yo hace un momento somos dos».

Así somos, así queremos ser, así queremos seguir siendo, en estos mundos tan multiformes y tan nuestros, donde no hacemos otra cosa que «glosarnos los unos a los otros».

Y el escritor que se precie como tal puede y debe ir más allá, como hemos reiterado en Los papeles de Walter Benjamin (196):

«La literatura como expresión estética de la ética humana (Nulla aesthetica sine ethica): Responsabilidad ética para analizar críticamente el pasado y críticamente comprometerse con el presente; corresponsabilidad ética con el mundo que hemos de dejar hacia el futuro».

 Y al inicio del epígrafe 143 de Minima moralia –que lleva por título “In nuce”, escrito en 1947– Theodor W. Adorno propone: «La misión del arte hoy es introducir el caos en el orden».

En contraste con la propuesta de Adorno, uno defiende que la novela, género proteico por excelencia, tal como hemos hecho en Sinfonía de Praga y en Los papeles de Walter Benjamin, ha de ser entendida como proyecto artístico que ofrece al lector un relato bien estructurado –où tout se tient–, una peripecia motivadora –hechos sorprendentes que conectan el pasado con el presente–, una voluntad de estilo que cautiva y una anagnórisis final que sorprende y arroba.

A nuestro entender, es necesario que el creador de una obra literaria ofrezca esos cuatro elementos al lector –relato bien estructurado, peripecia motivadora, voluntad de estilo y anagnórisis final sorprendente–, pero ha de ofrecerle también y muy especialmente una cosmovisión poderosa que crea un nuevo mundo a la vez que propicia un nuevo lector y permite a este ser otro y distinto a aquel que era en el momento en que inició la lectura de la obra.

 

27/3/26

Ayer, en televisión...


          …estuvimos contando algo de lo ya habido y reflexionando sobre educación y cultura ("Cátedra Cultural"), en buena compañía:



 


28/2/26

Teatro, el mundo es puro teatro

 


Que no solo en el taller del artista, que no solo en la literatura vive el escritor.

«Teatro, el mundo es puro teatro… …y fuegos artificiales», según ha quedado escrito en esas dos novelas que tú bien conoces.

Por ello, ayer estuvimos en el teatro Bellas Artes viendo Gigante.



Me resultó muy interesante la obra; y más en la medida en que hace reflexionar desde hechos del pasado reciente (Verano de 1983: Invasión de Líbano por parte de Israel) sobre los tiempos de ruido y furia que vivimos en el presente.



Roald Dahl. La conciencia del escritor y su compromiso con el mundo. Perspectivismo. Libertad de expresión. Responsabilidad pública del artista.

Y antes de acudir al teatro paseé por la Sala Alcalá 31 para ver “No-res”, la exposición antológica de Jordi Teixidor (Valencia, 1941), que reúne más de medio centenar de sus obras, desde la década de los 60 hasta la actualidad, entre las que se encuentran todos los cuadernos de trabajo del artista., uno de los máximos representantes de la abstracción española.



La mayoría de los cuadros, innominados, Sin título. Así, a nada comprometen al creador de la obra artística, que –por no decir– no dice nada, para que sea el receptor de la obra el que diga, si es que algo dice o puede decir.




Ya alguna vez hemos escrito (Sinfonía de Praga: 323 y Los papeles de Walter Benjamin: 288), a partir del arte del silencio, si es que no es silencio del arte –porque no deja sonar 4’33’’, su pieza insonora, John Cage–:

 

«Y la obra de arte va a más. ¿Hacia dónde? ¿Hasta dónde? Arte del silencio, silencio del arte. El arte que se niega a sí mismo para ser de otro modo. ¿Dónde progresa tanto la creación que acaba el arte? ¿Dónde la obra artística culmina para dejar de ser, o ser nada, para llegar a ser 0’00’’ –o la cosa que no es del reino de los Houyhnhnms–?».

 


Tiempos estos de ruido y furia desatada en este mundo convulso, que se desangra día a día y una y otra vez repite sus errores del pasado.

¿Será hoy buen día para ir a bañarse en el Moldava, como hizo aquel, según escribió en su Diario?

Aunque acaso no nos resulte satisfactorio lo que Kafka hizo aquel día en Praga cuando comenzó la Gran Guerra…

¿O refugiarse en el arte, la vida como un cuento… de ruido y furia que no significa nada?

Con Faulkner en el horizonte, pero especialmente con Shakespeare –Macbeth, V, V– en lontananza, recordando «life is... a tale... full of sound and fury, signifying nothing».

Aunque puede que no nos parezca asumible lo que expresa el protagonista de Macbeth.

 


 

7/1/26

Ayer anocheció... Hoy amanezco...


Después de unos cuantos años como Catedrático de Bachillerato y tras más de 37 como Inspector de Educación, a partir de hoy amanezco como un jubilado más.

 Muchos, muchísimos años de ejercicio profesional, asumiendo múltiples responsabilidades, y siempre bajo un mismo lema, que en todo momento he tenido presente, como bien sabéis y he reiterado en mi «Despedida», hace un par de días: «Todos tienen derecho a la educación» (Art. 27.1 de nuestra Constitución Española).

 Mil gracias a todos por tanto habido, que ha sido mucho y bueno, y por todo lo que habrá, que el futuro lo vamos escribiendo cada día, que cada día seguimos escribiendo la vida ajena, y hasta la propia.

 Porque quien escribe, se escribe: «El que escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe, a la vez que escribe el mundo que le ha tocado vivir», según escrito está en la pág. 23, al inicio de «Los papeles de Walter Benjamin».

 Un fuerte abrazo agradecido.

 El Inspector de Educación ha muerto, ¡viva el escritor!

 

5/1/26

Despedida

 

Después de unos cuantos años como Catedrático de Bachillerato y tras más de 37 como Inspector de Educación, hoy, mi último día hábil como funcionario público, he estado haciendo el último informe de inspección, he atendido algunas quejas y reclamaciones, he recogido el despacho y empaquetado unos cuantos papeles y recuerdos de lo mucho y bueno habido y me ha tocado despedirme de lo sido: «Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus», escribió Ovidio en sus Geórgicas.

Es verdad que bien recuerdo las palabras que Miguel de Cervantes escribió el 19 de abril de 1616, en la dedicatoria que hizo a don Pedro Fernández de Castro, conde Lemos, de Los trabajos de Persiles y Sigismunda: «El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y llevamos la vida sobre el deseo que tenemos de vivir».

Pero todos bien sabéis que quien escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe, a la vez que escribe el mundo que le ha tocado vivir.

Muchos, muchísimos años de ejercicio profesional he dedicado a este hermoso oficio, asumiendo múltiples responsabilidades; y siempre bajo un mismo lema, que en todo momento he tenido presente, como bien sabéis: «Todos tienen derecho a la educación» (Art. 27.1 de nuestra Constitución Española).

En el momento de la despedida, uno es bien consciente, parafraseando los versos del «Segundo Cuarteto» de T. S. Eliot, de que en el principio está nuestro fin, en el fin está nuestro principio, de que hay un tiempo para edificar, un tiempo para vivir y engendrar y un tiempo para que el viento rompa el quicio del ventanal.

A partir de ahora –cada vez más alto, cada vez más fuerte, cada vez más rubio y los ojos más azules, como tantas veces he dicho–, espero que el sol de primavera me ilumine todas las mañanas, que las lluvias de junio me rejuvenezcan y que pueda recoger todos los frutos que me depare el otoño, en esta etapa tan gratificante y hermosa que ahora inicio.

Mil gracias a todos por tanto habido, que ha sido mucho y bueno, y por todo lo que habrá, que el futuro lo vamos escribiendo entre todos cada día, que cada día seguimos escribiendo la vida ajena, y hasta la propia.

Mientras la vida pasa, y nosotros con ella, permitidme que os diga: «Cuidaos y sed felices, que lo demás no importa», según escribió Walter Benjamin el domingo, 22 de septiembre de 1940, cuando se estaba despidiendo del Vieux-Port marsellés y ya se encaminaba al encuentro con la muerte, que le estaba esperando, cuatro días después, en Portbou (Los papeles de Walter Benjamin: 214).

Un fuerte abrazo agradecido.

 


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