28/6/26

Dos furtivas lágrimas me caían, delatoras, por las mejillas…

 

…cuando comenzaron a sonar las primeras notas de la Novena sinfonía, en re mayor, de Gustav Mahler, esta mañana en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música de Madrid.

Dos lágrimas que, furtivas y delatoras, yo disimulé lo mejor que pude ante Mercedes y María, que, generosas, me acompañaban, al inicio de la Novena sinfonía, cuando, en los primeros compases, comenzó a sonar el sutil y constante pulso rítmico de los violonchelos, el arpa marcaba una atmósfera de quietud, la trompa suspiraba melancólicamente y los violines introducían el tema principal, interpretado con sordina y de forma muy tierna.

Sentado en la tercera fila del patio de butacas, casi en frente del concertino, y pudiendo observar de cerca al apolíneo David Afkham, en su última actuación como director con la Orquesta Nacional de España, en la sesión que cerraba la temporada y después de siete años como director titular de la OCNE.

 


Como tú bien sabes, la Novena sinfonía fue concluida por Mahler el verano de 1909 en los Dolomitas tiroleses y posteriormente fue instrumentada en Viena y revisada en Nueva York durante el invierno de ese mismo año; aunque no se estrenaría hasta el 26 de junio de 1912, un año después de la muerte de Mahler.

 


Durante la composición de la sinfonía, Mahler no era ajeno a los dolorosos efectos causados por la muerte de su adorada hija mayor María Anna, muerta en 1907, cuando solo contaba con cuatro años de edad. Para Mahler había comenzado, asimismo, a ser objeto de preocupación su estado de salud: le habían diagnosticado una doble lesión valvular reumática. ¿Y acaso las andanzas de la sin par Alma ya comenzaban a ser dolorosamente sentidas por el compositor y director de orquesta?

Esta mañana en el Auditorio Nacional fue muy grata la actuación de la orquesta y la despedida de David Afkham en la sesión que cerraba la temporada orquestal del Auditorio Nacional. Daba gusto ver al bello Afkham, zapatos de reluciente charol, dirigir a los miembros de la orquesta con cada uno de sus dedos bien activados, el arqueo de sus cejas, la constante expresividad de sus ojos, el movimiento de sus piernas y su cuerpo todo, que a veces parecía bailar y cimbrearse en el podio llevándose tras de sí a toda la orquesta.

El Finale del cuarto movimiento, un adagio muy lento y contenido, se cierra con el “pianissimo”, “extremadamente lento – pppp”, y, sobre el calderón final, la indicación “ersterbend” (muriendo). El sonido orquestal de las cuerdas muriendo poco a poco, muy lentamente, de manera casi imperceptible, que todo el público del Auditorio acogimos con profunda intensidad y emoción. Parecía como si el sonido, la música y el arte se resistieran a abandonar definitivamente el espacio, la sala del Auditorio. Había elegancia dentro de la desolación, dignidad en el dolor, serenidad en la despedida. Después, el silencio. Un silencio absoluto, entregado, casi físico, preludio de un llanto contenido que no se podía controlar.

 


Y después, todos aplaudimos, en pie, afectuosamente al guapo David Afkham y a la orquesta y a Gustav Mahler durante varios minutos, mientras, otra vez, dos furtivas lágrimas vinieron a surcar mis mejillas, que disimulé lo mejor que supe.

¡Ay, la música! ¡Ay, la literatura! ¡Ay, el arte!

 

  


21/6/26

No le toques ya más que así es…

 


Fin de semana leyendo otro libro muy yo (Adorno en Nápoles), al que tenía ganas de echarle el diente desde hace tiempo –a veces, el escritor lee y no escribe, aunque siga en el taller del artista, ya que, como bien sabes, quien bien escribe, mucho ha de leer; y yo, llevado de mi natural inclinación, como le sucedía a aquel que deambulaba por el Alcaná de Toledo, también soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles–.



Es verdad que el golfo de Nápoles y los míticos escenarios de la Ilíada homérica o de la Eneida virgiliana han dado mucho de sí para quienes, jóvenes ansiosos de luz y de experiencias enriquecedoras, peregrinaban a Italia en el Grand Tour a principios del siglo pasado.

Así lo hacen cuatro pensadores alemanes, Benjamin, Adorno, Kracauer y Sohn-Rethel, que se encuentran en el Nápoles de 1925 –en el libro leído se cuenta lo que allí les sucedió y lo que dio de sí aquel viaje iniciático–.

Los cuatro intelectuales alemanes, jóvenes treintañeros progresistas, ansiosos en la búsqueda de sí mismos y de su papel en la sociedad de la época, recorren con pasión y provecho Nápoles, la isla de Capri, Positano, Sorrento o la costa amalfitana. En ese entorno idealizado reflexionan por primera vez sobre el concepto de constelación o de imagen dialéctica, que tanto han de dar de sí posteriormente en lo que conocemos como la Teoría Crítica o la Escuela de Fráncfort –no solo describir o explicar cómo funciona la sociedad, sino cuestionar las estructuras de poder que la sustentan para lograr la emancipación de los individuos frente a la opresión–, convirtiendo aquellos paisajes misteriosos y siempre fascinantes de la Italia meridional en la filosofía de la modernidad.

Y no has de olvidar que un año antes, en 1924, Walter Benjamin ya había estado en esas tierras, que fue allí donde conoció a la esplendorosa letona Asja Lācis, la que iluminaba sus días azules y ocupaba sus tórridas noches mediterráneas en la isla de Capri, tal como se cuenta en Los papeles de Walter Benjamin. Fue entonces cuando Benjamin escribió en El origen del drama barroco alemán: «Cada personaje, cada cosa y cada situación puede significar cualquier otra».

 

11/6/26

Who knows Dora, knows what love means

 

He estado releyendo anoche un libro muy yo, Die Herrlichkeit des Lebens (Michael Kumpfmüller: 2011), traducido al castellano con el título de La grandeza de la vida (Tusquets), que fue llevado al cine por Georg Maas y Judith Kaufmann en 2024. En el libro se narra con lirismo y mucho afecto el último año de vida de Franz Kafka y su relación con Dora Diamant.


         A los lectores de Sinfonía de Praga o de Los papeles de Walter Benjamin no les sorprenderá mucho esa relectura que acabo de hacer –si es grato leer, qué decir del placer de la relectura–.

 Bien conoces la pasión por Kafka que ambas obras manifiestan y hasta mi cariño por Dora Diamant, la última compañera de Kafka y la que le acompañó en el lecho de muerte, cuando Kafka ya tenía puesto el pie en el estribo. Seguro que bien recuerdas esa frase tremenda: «Mátame; si no, serás un asesino».

A Dora Diamant, como bien sabes, se hacen múltiples referencias en Sinfonía de Praga; y se la menciona en más de veinte ocasiones en Los papeles de Walter Benjamin.


          Si acudes al epígrafe titulado «Dora Diamant y el Kafka que nadie ha conocido» de Los papeles de Walter Benjamin» Benjamin (Pág. 100), te encontrarás su historia:

En 1923 Dora acudió como voluntaria a trabajar en un campamento de vacaciones en Graal-Müritz, en uno de los típicos balnearios y lugar de vacaciones de la costa del mar Báltico. Allí, el 13 de julio, fue donde Dora conoció a Franz Kafka, que había acudido al balneario de Graal-Müritz buscando recuperarse de su enfermedad, cuando ya estaba fuertemente aquejado por la tuberculosis y con la muerte rondándole muy de cerca.

Inmediatamente surgió el amor entre Franz, que entonces acababa de cumplir cuarenta años, y Dora, que contaba con veinticinco años de edad, si no estás equivocado –aunque algunos papeles y textos, aparentemente sabios pero malinformados, dicen que en ese momento solo tenía diecinueve–. Dora y Franz pasaron juntos cada día de las tres semanas siguientes y enseguida hicieron planes para vivir juntos en Berlín. Sin embargo, concluida la estancia en el balneario de Müritz, Kafka tenía que regresar a Praga: su familia y la enfermedad no le permitían hacer otra cosa.

Pero el amor todo lo puede, y, unos cuantos días después, a finales de septiembre, Kafka dejó Praga y se mudó a Berlín para compartir allí con Dora amores y afectos mutuos. Días de pobreza y necesidad extremas para Franz y Dora, y de deterioro progresivo e intenso de la República de Weimar; días de creación artística, que surge a borbotones, en la mente de Kafka, en una época de antisemitismo creciente en Alemania; días de mudanza de casa en casa para la pareja de enamorados (Miquelstraße 8; luego, Grunewaldstraße 13, o, después, Zehlendorfer Heidestraße 25), en una época de inflación galopante; días de angustia por la enfermedad de Franz, que avanza sin remisión, y del Putsch de Hitler en la cervecería de Múnich; días de gratificantes paseos por el delicioso parque de Steglitz, el parque de la niña que lloraba por su muñeca desaparecida: Franz y Dora, cogidos de la mano, mirándose a los ojos e ignorando la tuberculosis de Kafka y el hambre que juntos, uno y otra pasaban.

Pero la enfermedad de Kafka avanzaba rápidamente, de manera inexorable, por lo que tuvo que regresar a Praga en busca del amparo y la protección familiar. Poco después, Franz, acompañado de Dora, acude a buscar atención médica a Austria, donde morirá a los pocos días, el 3 de junio de 1924, en el sanatorio de Kierling, cerca de Klosterneuburg, en las inmediaciones de Viena, atendido por Dora y por su amigo Robert Klopstock.


          Y para saber lo mucho que Walter Benjamin aprendió sobre Kafka o sobre literatura en sus contactos en Berlín con Dora Diamant habrás de seguir leyendo unas cuantas páginas de Los papeles de Walter Benjamin.

Allí podrás encontrar por qué Kafka, en su lecho de muerte, cuando ya no podía hablar, escribió esa terrible frase de «Mátame; si no, serás un asesino»; o cómo la Gestapo se incautó en el domicilio donde vivía Dora, en el número 13 de Pariserstraße, el 20 de abril de 1933, de gran parte de los papeles de Kafka que Dora atesoraba; o cómo las purgas de Stalin afectaron a la vida de Dora, que en su noveno intento huyendo de la Unión Soviética y del nazismo logró llegar a Inglaterra como una inmigrante ilegal sin papeles. Y hasta podrás conocer el retrato a lápiz que Kafka le hizo a Dora –la cara ladeada, el gesto sonriente y amoroso– cuando acabó de escribir en 1924 el relato Josefina la cantante o el pueblo de los ratones.

En la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford, que custodia algunos de los más valiosos manuscritos de Kafka, figura un retrato femenino de Dora Diamant, de 22,1 x 14,3 cm, realizado a lápiz sobre papel (Ms. Kafka 46, fol. 39v), fechado en la primavera de 1924, realizado por Kafka, muy similar al que describe Benjamin, si es que no es el mismo. El dibujo está integrado en un borrador de Josefina la cantante o el pueblo de los ratones (esquina superior izquierda del reverso de la página donde está esbozado el final del relato).


      Y si acudes a la página 314 de «Los papeles de Walter Benjamin», descubrirás, finalmente, que:

Dora Diamant, que en su noveno intento había conseguido llegar a Inglaterra, se estableció en Londres, donde fundó un restaurante y un teatro para la comunidad judía con el objeto de mantener viva la lengua y la cultura yidis. A los 54 años, el 15 de agosto de 1952, falleció de un fallo renal en la capital británica.

Fue enterrada en una tumba sin nombre en el cementerio de la sinagoga de Marlowe Road, en East Ham.

En 1999, sus parientes, procedentes de Israel y de Alemania, se reunieron ante su tumba para homenajearla y colocaron una lápida, en la que está inscrito lo siguiente: «Who knows Dora, / knows what love means» [Quien conoce a Dora, sabe lo que significa el amor].

La búsqueda insistente de los papeles y documentos de Kafka que tenía Dora Diamant en su poder en Pariserstraße fue realizada en la década de 1950 por Max Brod y por Klaus Wagenbach, el erudito alemán que ha dedicado su vida a Kafka, aunque sin resultado alguno. Desde la década de 1990 es The Kafka Project (San Diego State University Research Foundation in San Diego, California) quien se está encargando de ello, sin grandes resultados hasta ahora. Aunque puede que…»

 

4/6/26

La soledad del escritor de fondo...

 


…o del animal de fondo de aire, para recuperar palabras juanramonianas, que eso es lo que somos.

Así lo vivimos ayer en la Feria del libro de Madrid, en compañía del bueno de José Luis López Amigo y de tantas amigas y amigos que acudieron hasta la Caseta 138, donde firmábamos Los papeles de Walter Benjamin.




Encantados de acoger con besos y abrazos a unos cuantos villahibierenses –la familia Cano Rodríguez es de natural generoso y da mucho de sí–, a los colegas de la Inspección de Educación, a personas que venían de los centros educativos, a compañeros y compañeras de tertulias literarias en las que participamos y a un buen número de amigos, conocidos y saludados. ¡Un placer compartido en la tarde madrileña!




Unos acudían por una firma autógrafa en el ejemplar que se llevaban y otros venían a manifestar sus comentarios después de haber leído la obra, que, como tú sabes, está dando mucho de sí. ¡Qué sería de un escritor sin los lectores!

¡A todos ellos mis más sinceras gracias!

Mientras la vida se va y nosotros con ella, seguimos escribiendo cada día la verdad de la vida ajena, y hasta de la propia. Porque, como bien sabes, quien escribe, se escribe: «El que escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe, a la vez que escribe el mundo que le ha tocado vivir», según escrito está en la pág. 23, al inicio de Los papeles de Walter Benjamin.





Artículos guardados