Después de unos días en el pueblo, ya estamos retornados
al taller de San Lorenzo de El Escorial para seguir escribiendo La alegría de vivir –que completará Sinfonía de Praga y Los papeles de
Walter Benjamin–.
Es
verdad que ha habido mucho y bueno estos días veraniegos y familiares por las
tierras de León: Un eclipse de sol desde el mirador de la Cruz en Villahibiera,
la celebración familiar de la jubilación en una bodega en Valdevimbre y hasta el jubiloso encuentro de los Garmón en Villaverde de Arcayos.
El eclipse: Sorprendente y majestuoso,
conforme con lo esperado, nos hizo sentir seres indefensos, hermanados con la naturaleza toda, anochecida
a deshora. Contemplamos el eclipse desde la tierra que nos vio nacer, en la que
el Sol nos iluminó por primera vez, en la Villahibiera de siempre, aunque uno
haya tenido que alejarse de la tierra en la que abrió los ojos para convertirse
en ciudadano del mundo, para seguir siempre añorándola.
La jubilación: Compartida celebración en familia. Sí, cada
vez más alto, cada vez más fuerte, cada vez más rubio y los ojos más azules,
como tantas veces hemos dicho y escrito. Con el sol de primavera que ilumina
nuestras mañanas, con las lluvias de junio para rejuvenecernos y recogiendo los
frutos que nos depara el otoño, en esta etapa tan gratificante y hermosa que estamos
viviendo, aunque todos los días de la semana sean miércoles.
Encuentro de los Garmones: El 15 de agosto, Día de la Asunción, Día de
Nuestra Señora, con la Virgen de Yecla al fondo, más de cincuenta Garmones nos
hemos reunido y celebrado conjuntamente el jubiloso encuentro en Villaverde de Arcayos. ¡Nuestro
bisabuelo Rafael Garmón bien se lo merecía! Allí estuvimos nietos, biznietos,
tataranietos y hasta algún chozno de la quinta generación de los Garmones,
recordando a mi madre –Rosina– y a mi abuela materna –Teodora– y a tantos
de nuestros ancestros y familiares compartidos.
Uno es bien consciente de ser Fernández (por
Virino, mi padre; y también por mi abuelo Vicente y por mi bisabuelo Pedro), González
(por Rosina, mi madre, así como por mi abuelo Indalecio y por mi bisabuelo
Simón), Blanco (por mi abuela María Esperanza, que, en tanto hospiciana,
no permite continuar la línea ascendente), Garmón (por mi abuela Teodora
y por mi bisabuelo Rafael, que nos ha convocado al encuentro familiar habido el
15 de agosto), González (por mi bisabuela María Josefa), Albalá
(por mi bisabuela Valentina), Villafañe (por mi bisabuela Rosina).
De generación
en generación –¡cuánto queda en nosotros de nuestros ancestros y de tantos
genes familiares compartidos y heredados! ¿cuánto hay en cada uno de nosotros de
la crianza y del aprendizaje que da la vida?–.
Como escrito
está por el poeta en «Esta es la vida»:
«Somos lo que somos,
lo sabes bien;
somos lo que fuimos,
lo que unos y otros nos ayudaron a ser
–nature
más que nurture–
hasta hacernos así».



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