…cuando
comenzaron a sonar las primeras notas de la Novena sinfonía, en re mayor,
de Gustav Mahler, esta mañana en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música
de Madrid.
Dos
lágrimas que, furtivas y delatoras, yo disimulé lo mejor que pude ante Mercedes
y María, al inicio de la Novena sinfonía, cuando, en los primeros
compases, comenzó a sonar el sutil y constante pulso rítmico de los
violonchelos, el arpa marcaba una atmósfera de quietud, la trompa suspiraba
melancólicamente y los violines introducían el tema principal, interpretado con
sordina y de forma muy tierna.
Sentado
en la tercera fila del patio de butacas, casi en frente del concertino, y
pudiendo observar de cerca al apolíneo David Afkham, en su última actuación como
director con la Orquesta Nacional de España, en la sesión que cerraba la
temporada y después de siete años como director titular de la OCNE.
Como tú
bien sabes, la Novena sinfonía fue concluida por Mahler el verano de
1909 en los Dolomitas tiroleses y posteriormente fue instrumentada en Viena y
revisada en Nueva York durante el invierno de ese mismo año; aunque no se
estrenaría hasta el 26 de junio de 1912, un año después de la muerte de Mahler.
Durante la
composición de la sinfonía, Mahler no era ajeno a los dolorosos efectos
causados por la muerte de su adorada hija mayor María Anna, muerta en 1907,
cuando solo contaba con cuatro años de edad. Para Mahler había comenzado,
asimismo, a ser objeto de preocupación su estado de salud: le habían
diagnosticado una doble lesión valvular reumática. ¿Y acaso las andanzas de la
sin par Alma ya comenzaban a ser dolorosamente sentidas por el compositor y
director de orquesta?
Esta
mañana en el Auditorio Nacional fue muy grata la actuación de la orquesta y la
despedida de David Afkham en la sesión que cerraba la temporada orquestal del
Auditorio nacional. Daba gusto ver al bello Afkham, zapatos de charol
reluciente, dirigir a cada uno de los miembros de la orquesta con cada uno de sus
dedos bien activados, el arqueo de sus cejas, el movimiento de sus piernas y su
cuerpo todo, que a veces parecía bailar y cimbrearse en el podio llevándose tras
de sí a toda la orquesta.
La expresión
“ersterbend” (muriendo), tras el último compás, cierra el Finale del cuarto movimiento,
un adagio muy lento y contenido. El sonido orquestal de las cuerdas muriendo
poco a poco, muy lentamente, de manera casi imperceptible, que todo el público
del Auditorio acogimos con profunda intensidad y emoción. Parecía como si el
sonido, la música y el arte se resistieran a abandonar definitivamente el
espacio, la sala del Auditorio. Había elegancia dentro de la desolación,
dignidad en el dolor, serenidad en la despedida. Después, el silencio. Un
silencio absoluto, entregado, casi físico, preludio de un llanto contenido que no
se podía controlar.
Y
después, todos aplaudimos, en pie, afectuosamente al guapo David Afkham y a la
orquesta y a Gustav Mahler durante varios minutos, mientras, otra vez, dos
furtivas lágrimas vinieron a surcar mis mejillas, que disimulé lo mejor que supe.



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