Este mes
de septiembre, nos vamos de la mano de Walter Benjamin a Portbou. Es en la
localidad catalana donde, como cada año, durante los días 4, 5 y 6 de
septiembre, se va a realizar la XI Escuela de verano dedicada a Benjamin, que
este año se sitúa bajo el lema «La relación del ‘progreso’ con el surgimiento
de los ‘fascismos’».
Organiza: Fundación Angelus Novus
y la Associació Passatges.
Inscripción gratuita: info@passatgescultura.org, info@fundacioangelusnovus.org y parcerisaspilar@gmail.com / T. 660 827023.
Mi
intervención en la XI Escuela de verano será el sábado, día 5, a las 12,30h, y versará
sobre «El legado de Walter Benjamin, paradigma de la modernidad».
Será una magnífica ocasión para reflexionar, una vez más, como lo henos hecho en Los papeles de Walter Benjamin, sobre el legado que Walter Benjamin ha trasladado a la modernidad y que le ha convertido en icono de nuestro tiempo.
En mi
intervención en la localidad catalana de Portbou recordaré lo que bien se sabe,
que aquel infausto, jueves, 26 de septiembre de 1940,
después de haber salido de Francia de manera irregular y de haber cruzado los
Pirineos a pie hacia España por la ruta Líster –la misma que, en sentido
inverso, en la Retirada, habían hecho unos meses antes miles y miles de
españoles derrotados, Antonio Machado entre ellos–, Benjamin vino a encontrarse
con la muerte, que le estaba esperando en Portbou, que fue entonces cuando se se
suicidó a fin de impedir que la policía española le devolviera a Francia y le
entregara a la Gestapo.
Y bien se sabe también que durante los últimos
meses de su vida, en aquellos tiempos de ruido y furia de 1940, donde había que
intentar sobrevivir a toda costa, Benjamin estaba elaborando un manuscrito, su
legado para la posteridad, que siempre llevaba consigo dentro de la famosa
cartera negra que le acompañaba a todos los sitios. Ese manuscrito que, después
de huir de París a toda prisa porque la Wehrmacht ya ocupaba la capital francesa,
comenzó a escribir en Lourdes, el lunes, 15 de julio de 1940, el día en que cumplía
48 años, y que comenzaba así:
«¡Yo no soy malo!». Así has de comenzar tu alegato ante el mundo y ante ti
mismo en este día tan triste en que cumples 48 años, con esos ojos empañados en
lágrimas que miran más allá de los Pirineos, este lunes, 15 de julio de 1940.
»No; tú no eres malo. Por más que así te traten en estos tiempos de
tribulación, en esta Europa convulsa, que enloquecidamente camina hacia el
desastre.
»No; tú no eres malo. Como tampoco lo sois los miles y miles de seres
humanos que, como ratas enjauladas, estáis intentando huir de la furia desatada
en Alemania y que tan rápidamente se está extendiendo por toda Europa.
»No; tú no eres malo. Eso has de escribir reiteradamente y en silencio, ya
que no puedes decir nada en voz alta en esta Europa de ruido y furia. Escribir;
eso es lo que te queda, Walter; eso es casi lo único que te permiten, Benjamin,
y a lo que no has de renunciar en modo alguno.
»En estos tiempos donde no queda
tiempo, habitado por tus pensamientos, mientras buscas afanosamente la
salvación y la vida, has de escribir, solo escribir, como hacía Kafka: El que
escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe, a la vez que
escribe el mundo que le ha tocado vivir.» (Pág 23 de Los papeles de Walter Benjamin).
Manuscrito
y legado que Benjamin continuó escribiendo en Marsella a partir del
sábado, 17
de agosto de 1940, cuando pudo llegar hasta esa ciudad mediterránea donde
acudían los que buscaban salir de Francia y de Europa como fuera y al precio
que fuera, ese manuscrito que él consideraba más importante
que su vida.
Cuando a Benjamin le recriminan en esos meses de
furia desatada, Lisa Fittko incluida, porque, fatigado, siempre lleva consigo a
cuestas su pesada cartera negra de cuero, les dice a todos los que quieren
escucharle:
«Es mi nuevo manuscrito, en el que casi todo escrito está» (Pág. 204).
Y por si no queda claro, Benjamin añade:
«Debe usted entender que esta cartera y lo que contiene es lo más
importante para mí. No puedo arriesgarme a extraviarla. Es necesario que el
manuscrito que llevo conmigo se salve. Es muy importante. Mucho más que mi
vida» (Pág. 204).
En su
legado para la posteridad, Benjamin se pregunta y busca dar cumplida respuesta
a tres preguntas que se hace reiteradamente:
«¿Quién eres tú, Walter? ¿Qué eres tú, Benjamin? ¿A cuántos seres acoges en
una sola persona, Walter Benjamin?» (Pág. 24).
Y en Lourdes, el lunes, 15 de julio de 1940, el
día en que cumplía 48 años e inicia el relato de su legado para la posteridad,
en la cuarta página del su manuscrito, Benjamin escribe:
«Lo que a ti, aquí y ahora, te corresponde, a la vera de los Pirineos, en
este tiempo de muerte y destrucción, en este tiempo de ruinas, es escribir tu
legado, narrar la novela que cada uno lleva consigo, contar tu vida entendida
como una novela en marcha y dar a conocer al mundo la obra de arte propia,
personal y no transferible ni delegable, tus Papeles» (Pág. 26).
En mi
intervención en Portbou me centraré en el Benjamin narrador a partir de las
reflexiones que hizo en el ensayo «El narrador: consideraciones sobre las obras
de Nicolái Leskov», que publicó en 1936 en la revista Orient und Occident.
En ese
ensayo, hoy tan famoso, Benjamin reflexionaba sobre el narrador como la figura
artesanal que fusiona el conocimiento del marinero –que
cuenta lo mucho que ha viajado– y la minuciosidad de la tejedora –apegada
a la tierra y a la tradición compartida–.
De este
modo el arte del narrador “teje” –urdimbre y trama sabiamente conjuntadas
en un maravilloso dechado– las historias basadas en la
experiencia compartida por el narrador y el lector. Ello le permite a Benjamin combinar
en el relato que escribe de su legado a la posteridad, tal como se recoge en Los
papeles de Walter Benjamin, su vida propia (datos autobiográficos) junto
con sus pensamientos e ideas (lo más significativo de su obra), a la vez que propicia
narrar al mundo el tiempo de ruido y furia que le ha tocado vivir.
Como tú
bien sabes, según está escrito en la página 23 de Los papeles de Walter
Benjamin, el que escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se
escribe y se narra a sí mismo, al natural, a la vez que escribe para los demás
el mundo que le ha tocado vivir.
Así es el
relato de Walter Benjamin para la posteridad, así es su novela en marcha, su
legado; así son Los papeles de Walter Benjamin.
Mientras la
vida se va yendo, y cada uno de nosotros con ella, hay que seguir escribiendo
cada día la verdad de la vida propia, y
hasta de la ajena, para, finalmente, preguntarse con Benjamin: ¿Qué quedará de
nosotros cuando nos hayamos ido? ¿Qué legado hemos de dejar a la posteridad?
O, como
aparecía en el paratexto que abría la segunda edición de Sinfonía de Praga,
y se reitera en la página 196 de Los papeles de Walter Benjamin:
«La literatura como expresión estética de la ética humana (Nulla
aesthetica sine ethica): Responsabilidad ética para analizar críticamente
el pasado y críticamente comprometerse con el presente, corresponsabilidad
ética con el mundo que hemos de dejar hacia el futuro» (Pag. 196).
Aunque
también podemos acudir de nuevo a Benjamin, como bien escribió en El origen del drama barroco alemán, cuando la esplendorosa letona Asja Lācis iluminaba sus días azules y ocupaba sus tórridas noches
mediterráneas en la isla de Capri en 1924:
«Cada personaje, cada cosa y cada situación puede significar cualquier
otra».