22/7/26

Lo que está saliendo mal...

  

…va a salir bien, si tú lo intentas y bien lo quieres.

Solo hace falta que lo quieras, que bien sabes que, a pesar de todas las adversidades, Ítaca te está esperando, que el fiel porquerizo Eumeo y la inestimable ayuda de Telémaco van a permitir al héroe homérico reconstruir la realidad y reconquistarla, reconquistando a su amada Penélope y reconquistándose a sí mismo en el intento, como se expresa en una novela que tú y yo sabemos (139).

Bien conoces las peregrinaciones y trabajos para llegar a Ítaca de aquel varón ingenioso que, errante durante largo tiempo, participó en la destrucción de Troya y conoció muchos pueblos y gentes en su periplo viajero (25).

Aunque tarde, mísero y solitario, en un barco extranjero, después de haber sorteado el remolino de Caribdis y la roca de Escila, puede que llegues a tu casa y en tu hogar no encuentres más que desolación, le profetizó Tiresias al varón ingenioso y errante (59); y eso también forma parte del destino.

Bien lo sabes: Hay que tener cuidado, que a veces los sueños se cumplen.

Querer ser lo que eres y no preferir nada más (Quod sis, esse velis nihilque malis; así escribe Marcial en su epigrama X 47: «De vita beata»). Mientras, los Rolling Stones te cantan: You can’t always get what you want, but if you try sometimes you might get what you need!

O recrearte en cómo Astrid Thompson finalmente logra hacer realidad el sueño de su padre: reunir cuatro Stradivarius para un concierto único, esperado y deseado por los amantes de la música de todo el mundo. Pero Lise, George, Peter y Apolline, los cuatro virtuosos reclutados para la ocasión (dos violines, viola y violonchelo), no pueden tocar juntos. Las crisis de egos se suceden al ritmo de los ensayos. Sin una solución fácil, Astrid decide ir a buscar al único que, a sus ojos, aún puede salvar el evento: Charlie Beaumont, el compositor de la partitura que van a interpretar en unos días.

Y lo que puede salir bien, si lo intentas sale bien: Todo rodeado de camisetas rojas. Muy rojas y muy españolas, que el fútbol y los españoles pueden ser lo que quieran ser, para sorpresa del mundo entero. Banderas de España por doquier, de esta España unida en la diversidad y hasta en la heterogeneidad. ¡Todos españoles!

¡Ay, el cine! ¡Ay, la música! ¡Ay, el fútbol! ¡Ay, la literatura! ¡Ay, el arte!



[Reflexiones a partir de dos películas, recientemente estrenadas –La Odisea de Christopher Nolan y Los músicos de Grégory Magne–, y una gran banderolada. A veces, con el permiso de la Musa, el escritor de fondo sale un rato del taller del artista de San Lorenzo de El Escorial, dejando sobre la mesa el manuscrito de La alegría de vivir, la tercera entrega de la trilogía Constelaciones de Europa, que avanza a su ritmo, viento en popa].









 

14/7/26

¿Cada vez más solos?

          ¿Nos vamos quedando cada vez más solos?

Tiempo ha y precipitadamente se nos fue José Agustín Goytisolo –palabras para Julia; tiempo después se nos marchó Juan –Juan sin tierra, innovador y transterrado–, y ahora se nos acaba de ir Luis –de quien tanto aprendí, como lector y como escritor: sin él yo hoy no sería quien soy, sin Antagonía yo hoy no sería lo que soy–.



Cuando leí Recuento, en los primeros años setenta del siglo pasado, confirmé lo que quería ser, y cómo quería serlo. E inmediatamente vendrían Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981), configurando esa tetralogía mítica que es Antagonía, «la fuente donde tantas veces bebí y el manjar del que, a veces, comí».




Como tú bien sabes, en el proceso de escritura de Sinfonía de Praga, hasta siete páginas le fueron dedicadas a Antagonía –Cfr. las página 95 y siguientes de Compleméntum (Manifiesto) de Sinfonía de Praga [Proposición 67 de “Mena, ganga, esquirlas y virutas (Making of)”, en «Taller»]–.




Como ya bien sabes, quien escribe, se escribe: «El que escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe, a la vez que escribe el mundo que le ha tocado vivir», según escrito está en la pág. 23, al inicio de «Los papeles de Walter Benjamin».

Y hasta podemos preguntarnos: ¿Qué quedará de nosotros cuando nos hayamos ido? ¿Qué legado hemos de dejar a la posteridad?

 

2/7/26

¿Te vienes conmigo a Portbou?

 

Este mes de septiembre, nos vamos de la mano de Walter Benjamin a Portbou. Es en la localidad catalana donde, como cada año, durante los días 4, 5 y 6 de septiembre, se va a realizar la XI Escuela de verano dedicada a Benjamin, que este año se sitúa bajo el lema «La relación del ‘progreso’ con el surgimiento de los ‘fascismos’».

Organiza: Fundación Angelus Novus y la Associació Passatges.

Inscripción gratuita: info@passatgescultura.org, info@fundacioangelusnovus.orgparcerisaspilar@gmail.com / T. 660 827023.

  


           

Mi intervención en la XI Escuela de verano será el sábado, día 5, a las 12,30h, y versará sobre «El legado de Walter Benjamin, paradigma de la modernidad».

Será una magnífica ocasión para reflexionar, una vez más, como lo henos hecho en Los papeles de Walter Benjamin, sobre el legado que Walter Benjamin ha trasladado a la modernidad y que le ha convertido en icono de nuestro tiempo.

En mi intervención en la localidad catalana de Portbou recordaré lo que bien se sabe, que aquel infausto, jueves, 26 de septiembre de 1940, después de haber salido de Francia de manera irregular y de haber cruzado los Pirineos a pie hacia España por la ruta Líster –la misma que, en sentido inverso, en la Retirada, habían hecho unos meses antes miles y miles de españoles derrotados, Antonio Machado entre ellos–, Benjamin vino a encontrarse con la muerte, que le estaba esperando en Portbou, que fue entonces cuando se se suicidó a fin de impedir que la policía española le devolviera a Francia y le entregara a la Gestapo.

Y bien se sabe también que durante los últimos meses de su vida, en aquellos tiempos de ruido y furia de 1940, donde había que intentar sobrevivir a toda costa, Benjamin estaba elaborando un manuscrito, su legado para la posteridad, que siempre llevaba consigo dentro de la famosa cartera negra que le acompañaba a todos los sitios. Ese manuscrito que, después de huir de París a toda prisa porque la Wehrmacht ya ocupaba la capital francesa, comenzó a escribir en Lourdes, el lunes, 15 de julio de 1940, el día en que cumplía 48 años, y que comenzaba así:

«¡Yo no soy malo!». Así has de comenzar tu alegato ante el mundo y ante ti mismo en este día tan triste en que cumples 48 años, con esos ojos empañados en lágrimas que miran más allá de los Pirineos, este lunes, 15 de julio de 1940.

»No; tú no eres malo. Por más que así te traten en estos tiempos de tribulación, en esta Europa convulsa, que enloquecidamente camina hacia el desastre.

»No; tú no eres malo. Como tampoco lo sois los miles y miles de seres humanos que, como ratas enjauladas, estáis intentando huir de la furia desatada en Alemania y que tan rápidamente se está extendiendo por toda Europa.

»No; tú no eres malo. Eso has de escribir reiteradamente y en silencio, ya que no puedes decir nada en voz alta en esta Europa de ruido y furia. Escribir; eso es lo que te queda, Walter; eso es casi lo único que te permiten, Benjamin, y a lo que no has de renunciar en modo alguno.

»En estos tiempos donde no queda tiempo, habitado por tus pensamientos, mientras buscas afanosamente la salvación y la vida, has de escribir, solo escribir, como hacía Kafka: El que escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe, a la vez que escribe el mundo que le ha tocado vivir.» (Pág 23 de Los papeles de Walter Benjamin).

Manuscrito y legado que Benjamin continuó escribiendo en Marsella a partir del sábado, 17 de agosto de 1940, cuando pudo llegar hasta esa ciudad mediterránea donde acudían los que buscaban salir de Francia y de Europa como fuera y al precio que fuera, ese manuscrito que él consideraba más importante que su vida.

Cuando a Benjamin le recriminan en esos meses de furia desatada, Lisa Fittko incluida, porque, fatigado, siempre lleva consigo a cuestas su pesada cartera negra de cuero, les dice a todos los que quieren escucharle:

«Es mi nuevo manuscrito, en el que casi todo escrito está» (Pág. 204).

Y por si no queda claro, Benjamin añade:

«Debe usted entender que esta cartera y lo que contiene es lo más importante para mí. No puedo arriesgarme a extraviarla. Es necesario que el manuscrito que llevo conmigo se salve. Es muy importante. Mucho más que mi vida» (Pág. 204).

En su legado para la posteridad, Benjamin se pregunta y busca dar cumplida respuesta a tres preguntas que se hace reiteradamente:

«¿Quién eres tú, Walter? ¿Qué eres tú, Benjamin? ¿A cuántos seres acoges en una sola persona, Walter Benjamin?» (Pág. 24).

Y en Lourdes, el lunes, 15 de julio de 1940, el día en que cumplía 48 años e inicia el relato de su legado para la posteridad, en la cuarta página del su manuscrito, Benjamin escribe:

«Lo que a ti, aquí y ahora, te corresponde, a la vera de los Pirineos, en este tiempo de muerte y destrucción, en este tiempo de ruinas, es escribir tu legado, narrar la novela que cada uno lleva consigo, contar tu vida entendida como una novela en marcha y dar a conocer al mundo la obra de arte propia, personal y no transferible ni delegable, tus Papeles» (Pág. 26).

En mi intervención en Portbou me centraré en el Benjamin narrador a partir de las reflexiones que hizo en el ensayo «El narrador: consideraciones sobre las obras de Nicolái Leskov», que publicó en 1936 en la revista Orient und Occident.

En ese ensayo, hoy tan famoso, Benjamin reflexionaba sobre el narrador como la figura artesanal que fusiona el conocimiento del marinero que cuenta lo mucho que ha viajado y la minuciosidad de la tejedora apegada a la tierra y a la tradición compartida.

De este modo el arte del narrador “teje” urdimbre y trama sabiamente conjuntadas en un maravilloso dechado las historias basadas en la experiencia compartida por el narrador y el lector. Ello le permite a Benjamin combinar en el relato que escribe de su legado a la posteridad, tal como se recoge en Los papeles de Walter Benjamin, su vida propia (datos autobiográficos) junto con sus pensamientos e ideas (lo más significativo de su obra), a la vez que propicia narrar al mundo el tiempo de ruido y furia que le ha tocado vivir.

Como tú bien sabes, según está escrito en la página 23 de Los papeles de Walter Benjamin, el que escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe y se narra a sí mismo, al natural, a la vez que escribe para los demás el mundo que le ha tocado vivir.

Así es el relato de Walter Benjamin para la posteridad, así es su novela en marcha, su legado; así son Los papeles de Walter Benjamin.

Mientras la vida se va yendo, y cada uno de nosotros con ella, hay que seguir escribiendo cada día la verdad de la vida propia, y hasta de la ajena, para, finalmente, preguntarse con Benjamin: ¿Qué quedará de nosotros cuando nos hayamos ido? ¿Qué legado hemos de dejar a la posteridad?

O, como aparecía en el paratexto que abría la segunda edición de Sinfonía de Praga, y se reitera en la página 196 de Los papeles de Walter Benjamin:

«La literatura como expresión estética de la ética humana (Nulla aesthetica sine ethica): Responsabilidad ética para analizar críticamente el pasado y críticamente comprometerse con el presente, corresponsabilidad ética con el mundo que hemos de dejar hacia el futuro» (Pag. 196).

Aunque también podemos acudir de nuevo a Benjamin, como bien escribió en El origen del drama barroco alemán, cuando la esplendorosa letona Asja Lācis iluminaba sus días azules y ocupaba sus tórridas noches mediterráneas en la isla de Capri en 1924:

«Cada personaje, cada cosa y cada situación puede significar cualquier otra».

 


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