Cuando ya
casi todo hace 50 años que fue, tal día como hoy, 4 de mayo, vino a nuestro
mundo un periódico muy yo, El País, el periódico que, en buena medida, ha
configurado nuestra sociedad y que me ha ido configurando a mí como persona.
Tú bien sabes que hace unas semanas escribí mis deseos del momento: “Espero que el sol de primavera me ilumine todas las mañanas, que las lluvias de junio me rejuvenezcan y que pueda recoger todos los frutos que me depare el otoño, en esta etapa tan gratificante y hermosa que ahora inicio».
Eso
escribía hace unas semanas, cuando, después de unos años como Catedrático de
Lengua Castellana y Literatura y de más de 37 años de ejercicio profesional como
Inspector de Educación, iniciaba mi jubilación.
Eso escribía cuando dejaba las responsabilidades públicas durante tantos años ejercidas –«Todos tienen derecho a la educación», el Art. 27.1 de nuestra Constitución Española ha sido mi lema durante todos estos años, como tú bien sabes–, para dar paso al escritor que llevaba dentro desde hace más de 50 años y que ahora aflora sin limitación alguna.
El chico
de provincias que yo era entonces, hace cincuenta años, se vino a la Universidad
Autónoma de Madrid para estudiar Filología Hispánica –¡cómo pasa el tiempo,
cuando de casi todo hace ya cincuenta años!–. En ese momento se encontró con
que había un hombre ya muy viejecito que agonizaba dolorosamente en el Hospital
La Paz y al que, quienes promovían seguir en el pasado, no le dejaban morir–¡cuánto
le cuesta morir al pasado–. Y se encontró en las aulas con Fernando Lázaro
Carreter, Juan Manuel Rozas, Violeta de Monte, Francisco Abad,
Ignacio Bosque, Ramón Sarmiento, Antonio Rey, Ramón Santiago,
Antonio Narbona, Julio Rodríguez Puértolas, Miguel Dolç, Alfredo
Deaño, Santos Madrazo y compañía, tú ya bien sabes.
Aquel
chaval de provincias soñaba con llegar a Madrid, a la villa y corte, al lugar
donde se ata a los perros con longanizas y donde se forja la fama pública de
los escritores. Y enseguida logró que Ernesto Escapa le invitara a la
tertulia vespertina que se realizaba en aquel momento en la Casa de León, en la
calle del Pez, con Jesús Torbado, Luis Mateo Díez, José María
Merino, Juan Pedro Aparicio y tutti quanti.
Todos
los tertulianos alrededor de una mesa en la vieja Casa de León, con un café o
un carajillo en una mano y mucho humo alrededor. Y, en medio de la mesa, una
sempiterna botella de coñac. Todos bebiendo como cosacos, como si no hubiese un
mañana, mientras yo defendía como podía que a mis pocos años de chico de
provincias ya publicaba reseñas literarias en Informaciones, el periódico
vespertino de la época, que entonces dirigía Emilio Romero y les contaba
que el bueno de Pedro Miguel Lamet había logrado tal prodigio: y en
vespertino madrileño, un jueves por la tarde, qué bien lo recuerdo, apareció mi
primera crítica, dedicada a La noche que llegué al café Gijón de Francisco
Umbral. Y luego siguieron otras dedicadas al brasileño Autran Dourado
y a todo aquel que cayó en mis manos –¡qué grato era para aquel chaval de
provincias, pelo largo y vaquero sucio algo raído, acercarse a la sede del
periódico, a la calle de la Madera, ascender hasta la primera planta y salir
con unas decenas de pesetas en efectivo en la mano: ¡un capital, entones, para
quien nada tenía!–.
Aunque
el grupo de escritores leoneses me acogía en su generoso seno y, a la hora
pagar, no me dejaba pagar a escote –¡que el chico de provincias crezca primero,
que para pertenecer al gremio de escritores leoneses primero hay que haber
publicado un libro, me reiteraba José María Merino: «¡Y tú no has
publicado ninguno!», me apuntaba, inmisericorde, con el dedo.
De nada
servía indicarles que en León me había enseñado Lengua española durante dos
años en Bachillerato don Miguel Díez, el hermano de Luis Mateo; o
que me había dado clases de Dibujo el tío cura de Andrés Trapiello –¡el
único suspenso en toda mi vida!–; o que Julio Llamazares se acercaba a
veces hasta Villahibiera para escribir o para contemplar el Puente Blanco sobre
el río Corcos, ya que no sobre el Esla. «No, primero hay que publicar un libro;
aunque puedes beber coñac gratis, que nosotros te invitamos».
Y
tampoco habría servido de nada que les hablara de Claraboya y de José
Antonio Llamas –¡y no amanece!, que el viejecito que agonizaba en el
hospital La Paz no moría ni a tiros– o de Agustín Delgado (con quien
luego coincidí en la Inspección Central del Ministerio de Educación); o de Espadaña y de Victoriano Crémer (conservo algunas de las cartas manuscritas que este
me enviaba); o que coincidí en mi primer año de profesor dando clases con Rogelio
Blanco. O que les anunciara, que ya era mucho predecir, lo que iba a ser La
negrilla del villahibierense Amancio González.
De modo
que aquel chico de provincias que aspiraba a ser escritor en la villa y corte,
al que invitaban a coñac en la Casa de León en Madrid tuvo que dejar sus sueños
de escritor y convertirse en catedrático de Lengua y Literatura, en marido de
Mercedes, o en padre de Arturo y de María, y dedicarse a escribir sobre
proyectos curriculares y la organización de los centros docentes o sobre el procedimiento
administrativo aplicado a las instituciones docentes y hasta a ejercer como
Inspector de Educación y asumir diversas responsabilidades públicas, o
convertirse en Agregado de Educación en la embajada de España en Praga y tantas
otras cosas que le ayudaran a sobrevivir durante las pasadas décadas.
Y ese
chico de provincias es hoy día lo que es en buena medida gracias a El País, a
aquel periódico tan yo que vino a nuestro mundo tal día como hoy, hace
cincuenta años, y que hemos ido leyendo día a día durante todo este tiempo,
estuviéramos en Madrid o en León, en Bilbao, en Calatayud o en Caspe, en Praga, en París o
en tantas otras ciudades del mundo, de este mundo redondo y transitable en el
que nos ha tocado vivir.
Cincuenta
años después de todo aquello, sin que se haya formado pelotón de fusilamiento
alguno ni tenga que recordar la tarde en que mi padre me llevara a conocer el
hielo, después de «Sinfonía de Praga» hace unos años, después de «Los
papeles de Walter Benjamin» el año pasado y después de lo que vendrá –«La
alegría de vivir», que completará la trilogía «Constelaciones de Europa»–,
seguimos leyendo «El País» cada día, todas las tardes, bien arrellanado
en la en la chaise longe del estudio o repantigado en el sillón orejero
del salón, con el periódico bien emplazado sobre las piernas, ese periódico que
sigue configurando el mundo en el que uno vive, en estos tiempos de tanto ruido
y tanta furia, donde se agradece encontrarse cada día con lo que bien se sabe, bien
se conoce y bien se quiere, nuestro periódico de todos los días.


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