5/5/23

que no solo de pan...

 

 Durante un par de días, he abandonado el taller de Papeles de Benjamin y he acudido a deleitarme al Teatro Real. Primero, he ido a disfrutar con la ópera Nixon en China. ¡Excelente esa ópera moderna, que es una de las músicas a las que se homenajea en la novela que tú y yo sabemos (Pág. 368)!

 


 

Aunque los busqué, no hallé los dos momentos cuyas citas están integradas en “Un mundo [libro] de citas”, en «Memorabilia» de Compleméntum (Manifiesto) de Sinfonía de Praga:

 

        «Las ratas empiezan a mordisquear

        las sábanas. Hay murmullos ahí abajo».

Dice Richard Nixon en la ópera Nixon en China (Música de John C. Adams y letra de Alice Goodman).

 

        «Cuando aparezco la gente depende

        de mis palabras [...]

        [...] Dejadme ser

        un grano de arena a ojos del cielo

        y probaré la dicha eterna».

Dice Jiang Qing, la cuarta esposa de Mao Zedong –sí, esa, la de la Revolución Cultural, la que tantísimos millones con horror recuerdan y otros cuantísimos millones ya nunca podrán recordar– en la ópera Nixon en China.

 

Aunque no está mal para hacernos reflexionar la pregunta que se hace el primer ministro chino Chou En-Lai en la ópera: «¿Cuánto de lo que hicimos fue bueno?» (How much of what we did was good?).

 


 

Y he acudido también al Teatro Real a sentirme arrobado ante Tristán e Isolda, que también se homenajea en Sinfonía de Praga (Pág. 274). Éxtasis ante la versión semiescenificada, dirigida musicalmente por Semyon Bychkov, uno de los directores musicales wagnerianos más cotizados de nuestros días.

 


 

La orquesta, en medio del escenario, permitía oír con los ojos lo que habitualmente apenas solo se puede percibir con la orquesta emplazada en el foso y con la escenificación operística como dueña del escenario.

«El eterno femenino nos impulsa» [Das Ewig-Weibliche zieht uns hinan], es la propuesta fáustica goethiana que está muy presente en Tristán e Isolda y en todo Wagner, y que Mahler llevó al éxtasis en el finale de su Octava Sinfonía, sinfonía que ya nos está esperando el próximo 2 de julio en el Auditorio Nacional.

No en vano, canta Brunilda en el dúo amoroso final de El ocaso de los dioses (Acto III, Escena III):

 

        «Ewig war ich, ewig bin ich,

        ewig in süß sehnender Wonne, doch ewig zu deinem Heil!»

        [Eterna fui, eterna soy,

        eterna en ese placer dulce y ansioso, pero siempre para tu bien].

 

Como ya alguna vez hemos escrito: ¡Quién hubiera podido estar aquella tarde de septiembre de 1857 en un rinconcito discreto del salón en que Wagner leyó el libreto de Tristán e Isolda delante de tres mujeres, su esposa, Minna, su amada musa y acaso otras muchas cosas, Mathilde Wesendonck, y su futura amante y posterior esposa, Cosima von Bülow! ¡Ay, las mujeres y los hombres, qué cosas tan maravillosas suceden entre ellos!

Y si hemos de resaltar una sola palabra en el libreto de Tristán e Isolda, esa es, sin duda, “Ewig!” (¡Eternamente!), que aparece con frecuencia en la obra (ewig ihr nur zu leben ohne End… ewig einig vivir eternamente solo para ella, sin fin…eternamente unidos), y que, como muy bien saben los buenos lectores, se reitera en esa novela que tú y yo sabemos, y se adentra también en Papeles de Benjamin.

 


 

Que no solo de pan –digo, de literatura– vive el hombre. Aunque, ¿de qué se alimenta el escritor?, ¿qué es lo que le hace ser el que es? Y para ello podemos ir hasta Ion, el diálogo que Platón escribió, hacia el año 401 a. C., siendo todavía muy joven, y donde Ion, el rapsoda, el artista que va de pueblo en pueblo recitando poemas épicos a quien quiera oírle, habrá de responder a Sócrates acerca de si la poesía ha de ser considerada como arte –resultado del aprendizaje y del esfuerzo– o como mera inspiración de los dioses, que estos solo propician a los elegidos.

Por un rato, hemos abandonado el taller de PdB, donde intentamos que la novela sea cada día más y mejor hasta el momento en que llegue a los lectores. Después de John C. Adams, Richard Wagner ha venido a acompañarnos y a hacernos la vida más gozosa con su Muerte de amor (Liebestod): «Deseo sexual y muerte, por fin conjuntados, con Schopenhauer al fondo, en la escena final de la ópera, unión última y definitiva del caballero Tristán y la princesa Isolda a través de la muerte» (como escrito está en la Pág. 274 de esa novela que tú y yo sabemos).

 

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