19/7/18

El clavo en la pared: A vueltas con la pragmática de Chéjov


 


          Podría ser poco ortodoxo —y acaso nada recomendable para la unidad y coherencia interna de la obra artística— que el clavo estuviera en la pared y no llegara a aparecer el protagonista al que ahorcar (por no mencionar la pistola que hay que disparar), contraviniendo la pragmática de Antón Chéjov.


          Pero qué me diríais si tuviéramos el personaje para ahorcar y no hubiera modo de encontrar clavo en que colgarle... ¿Le dejamos vivito y coleando, pues? ¿O acaso le llevamos ante el paredón de ejecución, o le aplicamos garrote vil, o le instalamos en la silla eléctrica, o le premiamos con una inyección letal? Y en esas preguntas está el principio de la novela, el principio de la obra artística.

Así hemos escrito en la Proposición 23 de “1.11 Mena, ganga, esquirlas y virutas (Making of)”, en 1. “Taller” de Compleméntum (Manifiesto).

          Pero como quiera que el amigo don Pedro Crespo Refoyo ha puesto en duda algunas de las aseveraciones que hemos formulado y nos ha obligado a investigar sobre el asunto, algo más podemos añadir y precisar, a partir de las sabias indicaciones del profesor Alexander Bondarev, de la Universidad Lingüística de Moscú.
 

 

          Hay dos referencias documentadas en cartas del propio Chéjov que hacen mención al rifle-fusil-escopeta (que no pistola); y una tercera, de otra persona, en la que se hace mención a una pistola, pero que no es de Chéjov, sino que se refiere a lo que había escrito Chéjov.

          Antón Chéjov ha realizado diversas observaciones sobre el rifle en diferentes momentos y en varias ocasiones, siempre en el marco de debate acerca de la cuestión del argumento e integridad compositiva de la obra literatia, que es fundamental para el estética de finales del siglo XIX y principios del XX.

          He aquí el consejo que A. P. Chéjov le hace al sacerdote Serguéi Nikoláevich Schukin, profesor de la escuela parroquial de Yalta, acerca de dónde reside la fuerza en la literatura: “Prueba a quitar la primera parte de tu historia, sólo tendrás que cambiar un poco el principio de la segunda, y entonces la historia se entenderá perfectamente. Y no hace falta nada más. Todo lo que no tenga relación directa con el relato, todo eso tiene que quitarse sin miramientos. Si dices en el primer capítulo que en la pared hay colgado un rifle, en el segundo o en el tercer capítulo este tiene que dispararse inevitablemente. Si no va a dispararse, no debería estar ahí”. (Schukin, S.N.: De los recuerdos de Chéjov / A. P. Chéjov en el recuerdo de los contemporáneos. Serie de memorias literarias – M.: Ficción, 1960. – Págs. 462-463 [Щукин С. Н.: Из воспоминаний об А. П. Чехове // А. П. Чехов в воспоминаниях современников. Серия литературных мемуаров. – М.: Художественная литература, 1960. – С. 462–463]).

          La expresión “Si al principio de la obra de teatro cuelga de la pared un rifle, (al final de la obra) este tiene que dispararse” se presenta como una paráfrasis de la expresión de Chéjov formulada en la carta al escritor Aleksandr Lazarev (alias A.S. Gruzinskyi), fechada el 1 de noviembre de 1889. Amistosamente, para desmontar el vodevil de Lazarev, Chéjov comenta: “El primer monólogo de Dasha sobra completamente. Si estuviese en su lugar, si desearas hacer de Dasha no solo un papel secundario y si el monólogo prometiese mucho para el espectador, este tendría que tener alguna relación con la trama de la obra. Si no, es mejor que Dasha se calle”. (Chéjov, A.: Colección Completa de ensayos y cartas en 30 tomos // Carta en 12 tomos: Ciencia, 1976, T. 3 Pág. 273 [Чехов А.: П. Пол. Собр. сочинений и писем в 30 т. // Письма в 12 т. – М.: Наука, 1976 – Т. 3. – С. 273]). Como se puede concluir de la cita “el arma que no se dispara” en el monólogo de Dasha, que se presenta vacío, no tiene relación con el propio desarrollo del argumento [Нельзя ставить на сцене заряженное ружье, если никто не имеет в виду выстрелить из него].

          Por último, nos ha llegado la memoria de Ilya Gurland, quien conoció a Chéjov en 1889 en Yalta. Reproduce las palabras de Chéjov: “Si en el primer acto cuelgas de la pared una pistola, entonces en el último acto debe de dispararse. De lo contrario, no la cuelgues”. (Gurland, I:. «De los recuerdos de a. P. Chéjov». – El teatro y el arte, 1904, nº 28, de 11 de julio, Pág. 521 [Гурлянд И.: Я. «Из воспоминаний об А. П. Чехове». – Театр и искусство, 1904, № 28, 11 июля, стр. 521]).
 

 
          Resulta que la discusión entre literatos y críticos españoles respecto a las armas y clavos agrava el debate sobre el asunto de si el arma (el rifle) está colgada, debería usarse únicamente por consideración a la trama, para que no se piense que el autor se ha dejado sin terminar algún detalle de la obra.  En lo referente a la imagen del clavo, este no encaja en la poética de Chéjov como un argumento que salve la coherencia interna de la obra artística. Además, en sus tramas el clavo no se asocia de ninguna manera al suicidio. En el relato “En el clavo” (1883) el clavo cumple una función cómica: en el pasillo de Struchkov cuelgan alternativamente la gorra y el gorro de los amantes de su mujer.

          En la obra El tío Vania el profesor Serebryakov invita en broma al público a fijarse en este detalle: “Os pido, señores, cuelguen sus orejas en el clavo”. El suicidio no está relacionado ni con las armas de fuego ni con los clavos, tiene relación con algunas réplicas de los personajes de Chéjov. Elena Andreeva vagamente lanza al vacío: “Buen tiempo hoy, no hace calor”. Y Vojnitski maliciosamente responde “Un buen tiempo para colgarse”.

           En “Idea y poéticas del cuento”, de Francisco Rico, que aparece como epílogo a la monumental Todos los cuentos. Antología universal del relato breve (Planeta, Barcelona, 2002, 2 volúmenes), se recuerda la receta de Chéjov: "Si al comienzo de un relato se ha icho que hay un clavo en la pared, ese clavo debe servir al final para que se cuelgue el protagonista" (II, Pág. 1384).
          Aunque también se puede acudir al texto de La sala número seis de Chéjov: El clavo desnudo sobre la pared, al inicio de la peripecia de la obra, no le sirve al asesino para colgar a su víctima del cuello y desangrarla en el acto final. De hecho, ese clavo sostiene un bonito cuadro impresionista con la figura de un arenque rojo, y todos, incluidos policías, familiares y lectores, siguen creyendo al final de la obra que el hombre murió de un infarto. Todos menos el asesino y Chéjov.

          La genialidad de la herencia literaria de Chéjov llena de manera espontánea la memoria del lector con imágenes vívidas. Se adhieren en  nuestra memoria y después, por alguna ley misteriosa de asociaciones inconscientes, entran en una extraña contaminación la unas y la otra.

 
 


 

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