12/1/19

Una mañana en el museo, o el silencio del arte





          Mañana de hoy, sábado, con un frío de perros, bajo el cielo azul y soleado que se quisiera límpido de Madrid, en el museo, en el Reina Sofía.

          Dejé de lado el Guernica de Picasso y tantas otras maravillas que el gran museo, catedral de la modernidad, de manera permanente acoge, y me he entretenido en un par de exposiciones temporales: “París pese a todo. Artistas extranjeros, 1944-1968” (Lost, Loose, and Loved) y “Poéticas de la democracia. Imágenes y contraimágenes de la Transición” (The Poetics of Democracy).




Pablo Picasso. Guernica, 1937

          Mañana de hoy, sábado venturoso, en el museo Reina Sofía, con el síndrome de Stendhal apoderándose de mí:

         «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme».

         Mañana de hoy, sábado satisfactorio, entre el edificio Sabatini y el edificio Nouvel del Reina Sofía, con el síndrome de Florencia, pasando un buen rato en la librería, entre tanto arte y tanta cultura.




Pablo Picasso, L'Enfant aux colombes, 1943

          Galerie Huit; Galerie Arnaud; Hommage des artistes espagnols au poète Antonio Machado; realismo socialista; lenguajes abstractos; Maria Helena Vieira da Silva; Grupo CoBrA; debate entre abstracción y figuración; Shinkichi Tajiri; Karskaya; Matta; Tinguely; Vasarely; abstracción geométrica o abstracción lírica; Julio Le Parc; enunciados artísticos, políticos, económicos y sociales; nuevos estilos y formatos; arte visual; Loló Soldevilla; Rafael Soto; l’Art brut; violencia y absurdo de la época; Eduardo Arroyo; Antonio Saura; op art; cinetismo; Joan Rabascall.

          O Bienal de Venecia de 1976; nuevos artistas, soportes y medios; más allá de la objetualidad; lo participativo, lo reivindicativo, lo colectivo; demandas civiles en favor de las libertades democráticas, la justicia social y el autogobierno; prácticas culturales innovadoras; nuevas estéticas; subvertir el orden franquista y los diseños institucionales; cultura juvenil y ciudadana; voluntad autónoma; vicisitudes, conflictos y diálogos; nuevas articulaciones teóricas; metáforas de una época convulsa; transición de la dictadura militar a la democracia; desafíos, desencuentros y contradicciones; nuevas formas de organización de la sociedad civil; nueva oficialidad institucional; nuevas prácticas estéticas; poesía, música, teatro independiente, cómic, collages, artes plásticas, ficción, cine; desbordamiento feminista; crisis del nacional-catolicismo; contracultura; ruptura estética y moral; insumisión antifranquista; transición española; consenso; reconciliación nacional.

          Y entonces a la mente del observador viene un fragmento de esa novela que tú y yo sabemos, un fragmento del Diario de Lieserl Einstein en 1941 a raíz de la muerte de Joyce (Pág. 311):

          James Joyce ha muerto el pasado 13 de enero en Zúrich, donde había logrado refugio en su huida de las hordas nazis que habían invadido Francia. ¡Descanse en paz el más grande!

          En homenaje, estoy leyendo nuevamente Ulises: «Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed...». Para poder concluir con el resignado a la vez que gozoso «and yes I said yes I will Yes».

          E incluso querría ir más lejos, aunque me cueste, e insistir una vez más en su Finnegans Wake: «riverrun past Eve and Adam’s, from swerve of shore to bend of bay, brings us by a commodius vicus of recirculation back to Howth Castle and Environs», prosiguiendo el bucle, ciclo infinito que se abre con las palabras que cierran la novela: «A way a lone a last a loved a long the».




Enrico Baj, Roberto Crippa, Gianni Dova, Erró, Jean-Jacques Lebel y Antonio Recalcati.
Grand tableau antifasciste collectif, 1960

          O unas páginas después (Pág. 323), es la música la que se hace protagonista de la novela, como si no lo hubiera sido ya desde el principio:

          Y suenan en la cadena de música algunas composiciones de La Monte Young: Compositions 1960 #10 —Dibuja una línea recta y síguela—, Compositions 1960 #15 —Esta pieza consiste en pequeños remolinos en medio del océano—, o Piano piece for David Tudor #3 —La mayoría eran saltamontes demasiado viejos—. Y por este camino, ¿hasta dónde puede llegar la música y el arte sin cortar la comunicación con el receptor de la obra artística?

          Y entonces el narrador reflexiona sobre la música, acudiendo a John Cage y a su 4’33’’, para trascenderlo en una reflexión general:

          Y entonces no suena —arte del silencio, si es que no es silencio del arte—, porque no deja sonar 4’33’’, su pieza insonora, John Cage. En este mundo desatado y confuso —tiempos de banalidad del bienestar, tiempos de mediocridad plomiza y hasta de vacua trivialidad—, qué difícil se hace mantener el tipo ante una obra como esta, presentada por Cage en 1952: composición en tres movimientos —de 30’’, 2’23’’ y 1’40’’, respectivamente, separados entre sí por una tapa de piano que se abre y una tapa de piano que se cierra—, donde en cuatro minutos y treinta y tres segundos precisamente cronometrados todo es silencio, todo es quietud e inmovilidad, toda la obra es silencio —donde todo el resto es silencio, el resto es solo silencio, silencio solo, para que el silencio de la obra creativa permita oír y escuchar otros silencios u otros sonidos u otros ruidos circundantes que nos envuelven y no se dejan habitualmente oír, arte del silencio convertido en silencio del arte.

          Y la obra de arte va a más. ¿Hacia dónde? ¿Hasta dónde? Arte del silencio, silencio del arte. El arte que se niega a sí mismo para ser de otro modo. ¿Dónde progresa tanto la creación que acaba el arte? ¿Dónde la obra artística culmina para dejar de ser, o ser nada, para llegar a ser 0’00’’ —o la cosa que no es del reino de los Houyhnhnms—?



Juan Genovés, El abrazo, 1976

          Integrando entonces otras músicas, que, asimismo, se escuchan y se hacen oír en la novela, y reflexionando sobre el arte contemporáneo:

          Extraña e intensa sesión musical, con Dylan de aperitivo, que ha hermanado a La Monte Young, John Cage, Olivier Messiaen y Steve Reich. ¿Desacralización de la música clásica y del arte? ¿Progreso bajo nuevas formas? ¿Evolución? ¿Acaso una nueva poética del arte? Aunque se podría avanzar y llegar por mal camino a The Factory de Andy Warhol, donde toda mistificación reiterativa encuentra fácil reproducción y asiento, e ir más lejos, o más bajo... e incluir en el recorrido tanto ready–made, siguiendo, prosiguiendo o persiguiendo la estela de Duchamp —o de su urinario, más bien, que es una fuente que es un mingitorio que es una fuente..., y hasta un orinal de R. Mutt— y a tipos como Jeff Koons o Damien Hirst o Ai Weiwei o Andrea Fraser... e ir más lejos, o seguir más abajo... ¿Se puede ir más abajo?


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