20/4/19

Veselé Velikonoce!





¡Veselé Velikonoce (¡Felices Pascuas!) a tantas amigas y amigos checos!

Tras comer mucho corderito de Pascua (Velikonoční beránek) y sobrevivir al Jueves y Viernes santo (Zelený čtvrtek y Velký pátek), se ha de superar el Domingo de Pascua (Velikonoční neděle) para llegar al Lunes de Pascua (Velikonoční pondělí).

¡Cuidado, entonces, que hay mucha pomlázka suelta y ansiosa!

Y si queréis saber más podéis acercaros a leer un par de páginas del Diario de Lieserl Einstein del 6 de abril de 1942 en esa novela que tú y yo sabemos (Págs. 342 y stes.):


6.IV 1942. Tradiciones seculares, o en la vida todo es sexo: Asociadas a la Semana Santa y a la Pascua, cada pueblo o región, aparte de un complejo ritual religioso conmemorando la pasión, muerte y resurrección de Cristo, presenta una rica y variada panoplia de tradiciones seculares, firmemente asentadas en la cultura popular, que tienen que ver en muchos casos con ancestrales festejos que celebran el fin del invierno y la llegada de la primavera.

Muchas de esas tradiciones de Pascua tienen al huevo como objeto de culto y de deseo; el huevo, que podrá estar bien pintado y decorado —tal como los preparan en las tierras checas—, o podrá estar relleno de dulce, e incluso ser todo él de chocolate —como hacen en otras regiones y países—; el huevo que, como símbolo de vida que es, se ha de asociar al óvulo y al ovario, si se trata de las hembras; y si se trata de los machos, no representa otra cosa que los testículos masculinos —muchas culturas igualan los testículos de los machos a los huevos, y huevos se los denomina en muchos casos—; el huevo, íntimamente asociado a la sexualidad, al deseo sexual y, en suma, a la fertilidad.

En estas tierras checas, tras comer mucho corderito de Pascua (Velikonoční beránek), bizcocho de harina, huevos y azúcar, adornado con una cinta roja y una ramita verde en la boca, y sobrevivir al Jueves y Viernes santo (Zelený čtvrtek, Jueves verde y Velký pátek, Gran Viernes), después de superar el Domingo de Pascua (Velikonoční neděle), llega al fin el Lunes de Pascua (Velikonoční pondělí), un día en el que hombres y mujeres retoman papeles ancestrales firmemente asentados en la tradición.

El Lunes de Pascua los hombres, y aun los jóvenes y los niños —que hay que diferenciar rápidamente los roles y aprender desde muy pronto, cuanto más pronto mejor— se proveen de unas varas finas y flexibles de mimbre, que habitualmente trenzan y enlazan entre sí con maestría (pomlázka, lo llaman), y se dedican durante toda la mañana, hasta el mediodía, a recorrer las calles, las plazas y las casas de cada aldea y ciudad buscando mujeres, buscando mozas y niñas, casadas y solteras, guapas y feas, altas y bajas, rubias y morenas para azotarlas con su pomlázka en el culo, en las nalgas y en la espalda. Y si a veces lo hacen con cariño y afecto, en otros casos —sobre todo cuando ya han bebido unas cuantas copas de más y van más borrachos que una cuba— golpean con poca delicadeza y hasta con saña a toda hembra que localizan o les sale al encuentro, mientras cantan:



«Hody hody doprovody

Dejte vejce malovaný».



Y tras cada hembra a la que azotan van atando una cinta más de vistosos colores en su manojo de varas, de manera que al final de la larga sesión, que comienza al rayar el alba y que acaba a mediodía, se concluye la competición viril y se constata quién es el más macho de entre todos ellos, quién es el que ha azotado a más hembras, quién es el que más coloreadas cintas tiene colgadas en el extremo de su pomlázka.

Y si no lo hubiera visto con estos mis ojos, antes de retornar esta tarde a Praga —he pasado el fin de semana en Stará Boleslav, la hermosa ciudad en la que el príncipe Wenceslao fue asesinado por su hermano, y he podido ver en vivo y desde dentro los preparativos de ellos con sus varas de mimbre y de ellas con sus huevos para la gran fiesta que se avecinaba el Lunes de Pascua y la ansiedad que de todos irradiaba—, me sería difícil de creer y lo tomaría más como leyenda antigua que como realidad histórica contrastada que he vivido en mis propias carnes —que algunos vergajazos de pomlázka he recibido.

Y a todo esto las mujeres qué. Pues a cambio de los azotes y a pesar del racionamiento y la escasez en que vivimos se las ingenian para ofrecer a los machos deliciosos dulces (sladkosti), ansiados licores (panáky) y unos preciosos huevos (malovaná vejce) que han estado preparando durante los días previos, decorándolos y pintándolos de vistosos colores. Y, según me dicen, los colores con que pintan los huevos tienen su significado y su valor simbólico, de manera que si al hombre que te vapulea con su pomlázka le entregas un huevo pintado de rojo le estás diciendo que te gusta, que le deseas, que estás dispuesta a acostarte con él y a ir a su casa a que te enseñe su colección de mariposas. Aunque hay también quien dice que el valor de los colores es cierto, pero no hay que asociarlo a los huevos sino a los colores de las cintas que las mujeres atan al extremo de la pomlázka una vez que las han golpeado.

Tradiciones seculares y ancestrales, canto a la sexualidad explícita, donde la pomlázka del Lunes de Pascua es un pene enhiesto, ansioso, al que ya le gustaría copular con ellas, penetrar a cada mujer, a cada hembra a la que solo puede azotar. Y a la inversa, cada huevo que se regala no es otra cosa que un deseo de sexo, de testículos masculinos a los que acoger, de ansiada fertilidad que consumar.

Y a todo esto las mujeres deseando que las flagelen para sentirse guapas y sanas («krásné a zdravé», dicen) durante todo el año, salud y belleza, bienestar y sexo deseado y deseable, a la búsqueda de la fertilidad, aunque luego tengan que estar dos días en pie porque no pueden sentarse del dolor que sienten si lo intentan. De manera que aquellas pocas que rechazan someterse a los ritos ancestrales y que se resisten o se niegan a participar activamente en la tradición secular son consideradas unas machorras, unas solteronas bigotudas, si es que no unas brujas mojigatas que se aíslan y deben ser excluidas de la sociedad. Por no mencionar el dolorido sentir de aquella mujer a la que nadie ha venido a golpear el Lunes de Pascua con las varas de mimbre, que se siente sola, profundamente desgraciada, frustrada y triste, con una tristeza infinita, como alma en pena, sin perrito que la ladre.

Y la tradición ancestral en algunas regiones puede incluir también agua, mucha agua, agüita fresca —y hasta perfumes—, que las mujeres arrojan sobre los hombres el Lunes de Pascua por la tarde, en respuesta y desagravio a los azotes que han recibido de ellos durante toda la mañana. Agüita fresca, que si a veces puede ser interpretada como una forma de enfriar el ardor sexual de los machos, que han estado revoloteando y floriteando excitados durante toda la mañana, azotando los culos de todas las hembras que han tenido a su alcance, en otros casos puede ser considerada como otro excitante más, que simboliza el chorro con el que a las hembras les gustaría ser poseídas y fertilizadas por ellos.

Tradiciones seculares, o todo en la vida es sexo. ¿O búsqueda de la fertilidad, de la procreación, de la perpetuación?


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