«Quien ya no tiene ninguna patria, halla en el
escribir su lugar de residencia», según aparece escrito en el epígrafe 51 de Minima
moralia, de Theodor W. Adorno, la obra que estoy releyendo
nuevamente.
Tal como reconocíamos hace un par de día en
televisión (https://www.youtube.com/watch?v=cA3oXq49stU), según se recoge en la solapa tanto de Sinfonía
de Praga como de Los papeles de Walter Benjamin:
Nacido en la ribera del río Corcos, en las inmediaciones del Esla, en la
localidad leonesa de Villahibiera (1956), uno se presenta habitualmente como
hijo de su padre y de su madre, a la vez que como hijo de su tierra y de su
tiempo, aunque ha llegado a convertirse en ciudadano del mundo.
Pero no se equivocaba Adorno cuando, en 1945, desde
Nueva York, alejado por la fuerza del nazismo de su tierra alemana, escribía
acerca de cómo la patria y el refugio del escritor es la escritura.
Aunque,
como dejamos escrito en Los papeles de
Walter Benjamin (30):
Puedes ir más lejos, o de otra manera, como bien escribió Michael de
Montaigne en sus Essais: «Yo ahora y yo hace un momento somos dos».
Así somos, así queremos ser, así queremos seguir siendo, en estos mundos
tan multiformes y tan nuestros, donde no hacemos otra cosa que «glosarnos los
unos a los otros».
Y el escritor que se precie como tal puede y debe
ir más allá, como hemos reiterado en Los papeles de Walter Benjamin (196):
«La literatura como expresión estética de la ética humana (Nulla
aesthetica sine ethica): Responsabilidad ética para analizar críticamente
el pasado y críticamente comprometerse con el presente; corresponsabilidad
ética con el mundo que hemos de dejar hacia el futuro».
En contraste con la propuesta de Adorno, uno defiende
que la novela,
género proteico por excelencia, tal como hemos hecho en Sinfonía de Praga y en Los papeles de
Walter Benjamin, ha de ser entendida como proyecto artístico que
ofrece al lector un relato bien estructurado –où tout se tient–, una
peripecia motivadora –hechos sorprendentes que conectan el pasado con el
presente–, una voluntad de estilo que cautiva y una anagnórisis final que
sorprende y arroba.
A
nuestro entender, es necesario que el creador de una obra literaria ofrezca
esos cuatro elementos al lector –relato bien estructurado, peripecia motivadora,
voluntad de estilo y anagnórisis final sorprendente–, pero ha de ofrecerle
también y muy especialmente una cosmovisión poderosa que crea un nuevo mundo a
la vez que propicia un nuevo lector y permite a este ser otro y distinto a
aquel que era en el momento en que inició la lectura de la obra.


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