Fui a Portbou, como bien sabes, de la mano de
Walter Benjamin, para participar en la XI Escuela de verano, que este año se llevó
a cabo bajo el lema «La relación del ‘progreso’ con el surgimiento de los
‘fascismos’».
Tres
soleados días estuve en esa localidad catalana, fronteriza antes y ahora, en la
que Walter Benjamin vino a encontrarse con la muerte,
que le estaba esperando allí, en Portbou, aquel infausto jueves, 26 de
septiembre de 1940, cuando Benjamin se suicidó a fin de impedir que la policía
española le devolviera a Francia y le entregara a la Gestapo. Fue allí, en la
habitación n.º 4 de la segunda planta, en la parte posterior del edificio de la
fonda
de Francia, ubicada en el número 7 de la calle del Mar (en lo que hoy es
el carrer del Mar): en la fachada del edificio, que ha sustituido al
primigenio, figura una placa conmemorativa que acoge una frase benjaminiana: «Tot
el coneixement humá pren forma d’interpretació».
Y
todos bien sabemos lo que Benjamin escribió en ese momento aciago:
«Dado
que me encuentro sin salida, voy a acabar, no tengo otra elección. En un
pueblecito de los Pirineos, un lugar donde nadie me conoce, voy a terminar mi
vida finalmente».
v
Vi mucho, tanto en las sesiones de la
Escuela de verano como en mis dos recorridos matutinos por Portbou, que
comenzaban un buen rato antes de la salida del sol.
Me
entretuve en la mayestática estación de ferrocarril, que preside la localidad
desde lo alto –majestuosa, con el histórico edificio de la Aduana anexo, y
múltiples vías abriéndose hacia el horizonte, líneas paralelas que, sin
embargo, se juntan, allá al fondo–, la iglesia de Santa María –enhiesta,
manifestando su poder desde lo alto–, las tranquilas calles que van a dar al
mar, apacible y tranquilo estos días.
Peregriné
y ascendí hasta el cementerio en el que Benjamin fue enterrado en una tumba
anónima, que Hannah Arendt no pudo localizar, cuando cuatro meses después, en
enero de 1941, fue a rendirle homenaje al cementerio de Portbou, que «da a una
pequeña bahía, directamente al Mediterráneo, está esculpido en piedra en forma
de terrazas; en sus muros de piedra se mete los ataúdes. Es con diferencia uno
de los lugares más fantásticos y hermosos que he visto en mi vida». Su buena
amiga Hannah Arendt, la que le llamaba «Benji», no pudo encontrar su tumba, su
cuerpo ya para siempre desaparecido de entre los vivos, y hasta de entre los
muertos, como escrito está en «Los papeles de Walter Benjamin» (369).
Emocionado,
habitado por mis pensamientos, estuve, en silencio, ante el cenotafio en
memoria y homenaje a Walter Benjamin, erigido en el cementerio de Portbou,
escuchando el rumor del mar y de la naturaleza toda, que me acompañaba en ese
momento. Allí, en la placa conmemorativa del cenotafio, en catalán y alemán, se
recoge la conocida frase de Benjamin: «No hay ningún documento de cultura que
no sea a la vez documento de barbarie».
Y
estuve, cómo no, contemplando el célebre Memorial a Walter Benjamin, conocido
como «Pasajes» –¡qué palabra tan benjaminiana!–, Memorial escultórico
diseñado por el artista israelí Dani Karavan, inaugurado el 15 de mayo de 1994.
Memorial
que, integrado en el agreste paisaje de la costa (el mar, el viento, la roca y
la luz), junto al cementerio, rinde emotivo homenaje tanto a Benjamin como a
todas las personas anónimas que se ven forzadas a huir al exilio en busca de
libertad.
Y
sí, bajé, por su interior, uno a uno, los 68 escalones del Memorial, antes de
golpearme contra el grueso cristal que impide avanzar, pero que deja ver, al
fondo, tras 19 escalones más, el mar que todo lo puede.
Memorial,
que incluye también un camino de hierro, el muro, el olivo centenario y un cubo
de piedra abierto al cielo y rodeado por una verja metálica exterior similar a
las que delimitaban los campos de concentración, una invitación directa a la
meditación, la memoria democrática y la lucha antifascista.
v
…Y nadie venció –por contraste con la
famosa frase «Veni, vidi, vici» que se dice que escribió Julio César para
informar al senado sobre su rápida victoria contra el rey Farnaces II del Ponto
en la Batalla de Zela–. No, nadie venció; que no se trataba de eso.
Por
mi parte, en la Escuela de verano pude reflexionar, una vez más, como lo he
hecho en Los papeles de Walter Benjamin, sobre el legado que Walter
Benjamin ha trasladado a la modernidad y que le ha convertido en icono de
nuestro tiempo.
Y
reflexioné también, cómo no, sobre el arte de novelar en estos tiempos de ruido
y furia, sobre cómo hay que seguir escribiendo cada día la verdad de la vida
propia, y hasta de la ajena: quien escribe se escribe, a la vez que escribe el
mundo que le ha tocado vivir (Los papeles de Walter Benjamin: 23).
De
la mano de Pilar Parcerisas, convivimos Pau Pedragosa, Diego
Ferrari, Jean McNeil, Sam Abrams, Agnès Sinaï, Santiago
Gerchunoff, Diana Padrón, Claudia Kalász, Genara Sert,
Konstanze Schmitt, Mimmi Woisnitza, Antoni Martí Monterde y el
escultor Ernest Altés, la maestra Ángeles Arroyo, mi buena amiga Eva
Delgado y tantas otras personas, benjaminianas de pro, que supimos
disfrutar y compartir durante tres días en la XI Escuela de verano en Portbou.
Inteligentes
filósofos, arquitectos reflexivos, investigadores de diversa naturaleza,
múltiples profesores, artistas visuales de varia índole, poetas, escritores, sesudos
ensayistas, comisarios de exposiciones, artísticos editores, urbanistas,
dramaturgas bien aguerridas, maestras de escuelas y benjaminianos varios,
llegados muchos de ellos de la comarca y de toda Cataluña, pero también de
otras partes del mundo.
Allí
convivíamos, en paz y armonía, argentinos, norteamericanos, berlinesas y otras
gentes venidas de diversos lugares de Alemania (preocupadas todas ellas como
estaban por lo que iba a pasar el domingo en el land de Sajonia-Anhalt:
y las profecías, a veces, se cumplen, para desgracia de todos), ingleses,
franceses, muchísimos catalanes y hasta un villahibierense, nacido en la ribera
del río Corcos, en las inmediaciones del Esla, en una pequeña localidad leonesa,
que se presenta habitualmente como hijo de su padre y de su madre, a la vez que
como hijo de su tierra y de su tiempo, que se ha convertido y se siente
ciudadano del mundo.
Villahibierense de esa tierra de «seres humanos firmes, vigorosos,
recios, curtidos por el sol, enhiestos a pesar de la adversidad y de las
inclemencias del tiempo o de los embates de la naturaleza; con sus ojos
dirigidos a lo lejos, hacia arriba, hacia lo alto, hacia el cielo; con acendrada
mentalidad religiosa, escrutando la naturaleza –mirando hacia el horizonte para
adivinar si va a llover o si ya escampa, si va a helar esta noche o si va a
hacer sol mañana–, y asentados firmemente en una tierra inmisericorde,
desangrada y aleve», como escrito
está en Los papeles de Walter Benjamin (50).
Y
allí, en la Escuela de Portbou, se hablaba y se hablaba y se hablaba… buena
parte del tiempo en catalán, pero también en castellano, en inglés, en francés,
en alemán y hasta un poquito en checo.
v
Y ahora, sobre mi mesa, a mi lado, en el taller del artista, mientras, incansable, prosigo con la escritura de La alegría de vivir –la tercera entrega de la trilogía Constelaciones de Europa–, la novela que va a completar la trilogía que inició Sinfonía de Praga y prosiguió Los papeles de Walter Benjamin, mis ojos se van a un pequeño fragmento de esquisto, a una pequeña muestra de la roca metamórfica que constituye el zócalo paleozoico de los Pirineos orientales cuando se adentran en el mar Mediterráneo, que me he traído de Portbou. ¿Te imaginas donde habré cogido ese fragmento de roca que he traído de Portbou como amuleto?

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