28/6/26

Dos furtivas lágrimas me caían, delatoras, por las mejillas…

 

…cuando comenzaron a sonar las primeras notas de la Novena sinfonía, en re mayor, de Gustav Mahler, esta mañana en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música de Madrid.

Dos lágrimas que, furtivas y delatoras, yo disimulé lo mejor que pude ante Mercedes y María, que, generosas, me acompañaban, al inicio de la Novena sinfonía, cuando, en los primeros compases, comenzó a sonar el sutil y constante pulso rítmico de los violonchelos, el arpa marcaba una atmósfera de quietud, la trompa suspiraba melancólicamente y los violines introducían el tema principal, interpretado con sordina y de forma muy tierna.

Sentado en la tercera fila del patio de butacas, casi en frente del concertino, y pudiendo observar de cerca al apolíneo David Afkham, en su última actuación como director con la Orquesta Nacional de España, en la sesión que cerraba la temporada y después de siete años como director titular de la OCNE.

 


Como tú bien sabes, la Novena sinfonía fue concluida por Mahler el verano de 1909 en los Dolomitas tiroleses y posteriormente fue instrumentada en Viena y revisada en Nueva York durante el invierno de ese mismo año; aunque no se estrenaría hasta el 26 de junio de 1912, un año después de la muerte de Mahler.

 


Durante la composición de la sinfonía, Mahler no era ajeno a los dolorosos efectos causados por la muerte de su adorada hija mayor María Anna, muerta en 1907, cuando solo contaba con cuatro años de edad. Para Mahler había comenzado, asimismo, a ser objeto de preocupación su estado de salud: le habían diagnosticado una doble lesión valvular reumática. ¿Y acaso las andanzas de la sin par Alma ya comenzaban a ser dolorosamente sentidas por el compositor y director de orquesta?

Esta mañana en el Auditorio Nacional fue muy grata la actuación de la orquesta y la despedida de David Afkham en la sesión que cerraba la temporada orquestal del Auditorio Nacional. Daba gusto ver al bello Afkham, zapatos de reluciente charol, dirigir a los miembros de la orquesta con cada uno de sus dedos bien activados, el arqueo de sus cejas, la constante expresividad de sus ojos, el movimiento de sus piernas y su cuerpo todo, que a veces parecía bailar y cimbrearse en el podio llevándose tras de sí a toda la orquesta.

El Finale del cuarto movimiento, un adagio muy lento y contenido, se cierra con el “pianissimo”, “extremadamente lento – pppp”, y, sobre el calderón final, la indicación “ersterbend” (muriendo). El sonido orquestal de las cuerdas muriendo poco a poco, muy lentamente, de manera casi imperceptible, que todo el público del Auditorio acogimos con profunda intensidad y emoción. Parecía como si el sonido, la música y el arte se resistieran a abandonar definitivamente el espacio, la sala del Auditorio. Había elegancia dentro de la desolación, dignidad en el dolor, serenidad en la despedida. Después, el silencio. Un silencio absoluto, entregado, casi físico, preludio de un llanto contenido que no se podía controlar.

 


Y después, todos aplaudimos, en pie, afectuosamente al guapo David Afkham y a la orquesta y a Gustav Mahler durante varios minutos, mientras, otra vez, dos furtivas lágrimas vinieron a surcar mis mejillas, que disimulé lo mejor que supe.

¡Ay, la música! ¡Ay, el arte!

 

  


21/6/26

No le toques ya más que así es…

 


Fin de semana leyendo otro libro muy yo (Adorno en Nápoles), al que tenía ganas de echarle el diente desde hace tiempo –a veces, el escritor lee y no escribe, aunque siga en el taller del artista, ya que, como bien sabes, quien bien escribe, mucho ha de leer; y yo, llevado de mi natural inclinación, como le sucedía a aquel que deambulaba por el Alcaná de Toledo, también soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles–.



Es verdad que el golfo de Nápoles y los míticos escenarios de la Ilíada homérica o de la Eneida virgiliana han dado mucho de sí para quienes, jóvenes ansiosos de luz y de experiencias enriquecedoras, peregrinaban a Italia en el Grand Tour a principios del siglo pasado.

Así lo hacen cuatro pensadores alemanes, Benjamin, Adorno, Kracauer y Sohn-Rethel, que se encuentran en el Nápoles de 1925 –en el libro leído se cuenta lo que allí les sucedió y lo que dio de sí aquel viaje iniciático–.

Los cuatro intelectuales alemanes, jóvenes treintañeros progresistas, ansiosos en la búsqueda de sí mismos y de su papel en la sociedad de la época, recorren con pasión y provecho Nápoles, la isla de Capri, Positano, Sorrento o la costa amalfitana. En ese entorno idealizado reflexionan por primera vez sobre el concepto de constelación o de imagen dialéctica, que tanto han de dar de sí posteriormente en lo que conocemos como la Teoría Crítica o la Escuela de Fráncfort –no solo describir o explicar cómo funciona la sociedad, sino cuestionar las estructuras de poder que la sustentan para lograr la emancipación de los individuos frente a la opresión–, convirtiendo aquellos paisajes misteriosos y siempre fascinantes de la Italia meridional en la filosofía de la modernidad.

Y no has de olvidar que un año antes, en 1924, Walter Benjamin ya había estado en esas tierras, que fue allí donde conoció a la esplendorosa letona Asja Lācis, la que iluminaba sus días azules y ocupaba sus tórridas noches mediterráneas en la isla de Capri, tal como se cuenta en Los papeles de Walter Benjamin. Fue entonces cuando Benjamin escribió en El origen del drama barroco alemán: «Cada personaje, cada cosa y cada situación puede significar cualquier otra».

 

11/6/26

Who knows Dora, knows what love means

 

He estado releyendo anoche un libro muy yo, Die Herrlichkeit des Lebens (Michael Kumpfmüller: 2011), traducido al castellano con el título de La grandeza de la vida (Tusquets), que fue llevado al cine por Georg Maas y Judith Kaufmann en 2024. En el libro se narra con lirismo y mucho afecto el último año de vida de Franz Kafka y su relación con Dora Diamant.


         A los lectores de Sinfonía de Praga o de Los papeles de Walter Benjamin no les sorprenderá mucho esa relectura que acabo de hacer –si es grato leer, qué decir del placer de la relectura–.

 Bien conoces la pasión por Kafka que ambas obras manifiestan y hasta mi cariño por Dora Diamant, la última compañera de Kafka y la que le acompañó en el lecho de muerte, cuando Kafka ya tenía puesto el pie en el estribo. Seguro que bien recuerdas esa frase tremenda: «Mátame; si no, serás un asesino».

A Dora Diamant, como bien sabes, se hacen múltiples referencias en Sinfonía de Praga; y se la menciona en más de veinte ocasiones en Los papeles de Walter Benjamin.


          Si acudes al epígrafe titulado «Dora Diamant y el Kafka que nadie ha conocido» de Los papeles de Walter Benjamin» Benjamin (Pág. 100), te encontrarás su historia:

En 1923 Dora acudió como voluntaria a trabajar en un campamento de vacaciones en Graal-Müritz, en uno de los típicos balnearios y lugar de vacaciones de la costa del mar Báltico. Allí, el 13 de julio, fue donde Dora conoció a Franz Kafka, que había acudido al balneario de Graal-Müritz buscando recuperarse de su enfermedad, cuando ya estaba fuertemente aquejado por la tuberculosis y con la muerte rondándole muy de cerca.

Inmediatamente surgió el amor entre Franz, que entonces acababa de cumplir cuarenta años, y Dora, que contaba con veinticinco años de edad, si no estás equivocado –aunque algunos papeles y textos, aparentemente sabios pero malinformados, dicen que en ese momento solo tenía diecinueve–. Dora y Franz pasaron juntos cada día de las tres semanas siguientes y enseguida hicieron planes para vivir juntos en Berlín. Sin embargo, concluida la estancia en el balneario de Müritz, Kafka tenía que regresar a Praga: su familia y la enfermedad no le permitían hacer otra cosa.

Pero el amor todo lo puede, y, unos cuantos días después, a finales de septiembre, Kafka dejó Praga y se mudó a Berlín para compartir allí con Dora amores y afectos mutuos. Días de pobreza y necesidad extremas para Franz y Dora, y de deterioro progresivo e intenso de la República de Weimar; días de creación artística, que surge a borbotones, en la mente de Kafka, en una época de antisemitismo creciente en Alemania; días de mudanza de casa en casa para la pareja de enamorados (Miquelstraße 8; luego, Grunewaldstraße 13, o, después, Zehlendorfer Heidestraße 25), en una época de inflación galopante; días de angustia por la enfermedad de Franz, que avanza sin remisión, y del Putsch de Hitler en la cervecería de Múnich; días de gratificantes paseos por el delicioso parque de Steglitz, el parque de la niña que lloraba por su muñeca desaparecida: Franz y Dora, cogidos de la mano, mirándose a los ojos e ignorando la tuberculosis de Kafka y el hambre que juntos, uno y otra pasaban.

Pero la enfermedad de Kafka avanzaba rápidamente, de manera inexorable, por lo que tuvo que regresar a Praga en busca del amparo y la protección familiar. Poco después, Franz, acompañado de Dora, acude a buscar atención médica a Austria, donde morirá a los pocos días, el 3 de junio de 1924, en el sanatorio de Kierling, cerca de Klosterneuburg, en las inmediaciones de Viena, atendido por Dora y por su amigo Robert Klopstock.


          Y para saber lo mucho que Walter Benjamin aprendió sobre Kafka o sobre literatura en sus contactos en Berlín con Dora Diamant habrás de seguir leyendo unas cuantas páginas de Los papeles de Walter Benjamin.

Allí podrás encontrar por qué Kafka, en su lecho de muerte, cuando ya no podía hablar, escribió esa terrible frase de «Mátame; si no, serás un asesino»; o cómo la Gestapo se incautó en el domicilio donde vivía Dora, en el número 13 de Pariserstraße, el 20 de abril de 1933, de gran parte de los papeles de Kafka que Dora atesoraba; o cómo las purgas de Stalin afectaron a la vida de Dora, que en su noveno intento huyendo de la Unión Soviética y del nazismo logró llegar a Inglaterra como una inmigrante ilegal sin papeles. Y hasta podrás conocer el retrato a lápiz que Kafka le hizo a Dora –la cara ladeada, el gesto sonriente y amoroso– cuando acabó de escribir en 1924 el relato Josefina la cantante o el pueblo de los ratones.

En la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford, que custodia algunos de los más valiosos manuscritos de Kafka, figura un retrato femenino de Dora Diamant, de 22,1 x 14,3 cm, realizado a lápiz sobre papel (Ms. Kafka 46, fol. 39v), fechado en la primavera de 1924, realizado por Kafka, muy similar al que describe Benjamin, si es que no es el mismo. El dibujo está integrado en un borrador de Josefina la cantante o el pueblo de los ratones (esquina superior izquierda del reverso de la página donde está esbozado el final del relato).


      Y si acudes a la página 314 de «Los papeles de Walter Benjamin», descubrirás, finalmente, que:

Dora Diamant, que en su noveno intento había conseguido llegar a Inglaterra, se estableció en Londres, donde fundó un restaurante y un teatro para la comunidad judía con el objeto de mantener viva la lengua y la cultura yidis. A los 54 años, el 15 de agosto de 1952, falleció de un fallo renal en la capital británica.

Fue enterrada en una tumba sin nombre en el cementerio de la sinagoga de Marlowe Road, en East Ham.

En 1999, sus parientes, procedentes de Israel y de Alemania, se reunieron ante su tumba para homenajearla y colocaron una lápida, en la que está inscrito lo siguiente: «Who knows Dora, / knows what love means» [Quien conoce a Dora, sabe lo que significa el amor].

La búsqueda insistente de los papeles y documentos de Kafka que tenía Dora Diamant en su poder en Pariserstraße fue realizada en la década de 1950 por Max Brod y por Klaus Wagenbach, el erudito alemán que ha dedicado su vida a Kafka, aunque sin resultado alguno. Desde la década de 1990 es The Kafka Project (San Diego State University Research Foundation in San Diego, California) quien se está encargando de ello, sin grandes resultados hasta ahora. Aunque puede que…»

 

4/6/26

La soledad del escritor de fondo...

 


…o del animal de fondo de aire, para recuperar palabras juanramonianas, que eso es lo que somos.

Así lo vivimos ayer en la Feria del libro de Madrid, en compañía del bueno de José Luis López Amigo y de tantas amigas y amigos que acudieron hasta la Caseta 138, donde firmábamos Los papeles de Walter Benjamin.




Encantados de acoger con besos y abrazos a unos cuantos villahibierenses –la familia Cano Rodríguez es de natural generoso y da mucho de sí–, a los colegas de la Inspección de Educación, a personas que venían de los centros educativos, a compañeros y compañeras de tertulias literarias en las que participamos y a un buen número de amigos, conocidos y saludados. ¡Un placer compartido en la tarde madrileña!




Unos acudían por una firma autógrafa en el ejemplar que se llevaban y otros venían a manifestar sus comentarios después de haber leído la obra, que, como tú sabes, está dando mucho de sí. ¡Qué sería de un escritor sin los lectores!

¡A todos ellos mis más sinceras gracias!

Mientras la vida se va y nosotros con ella, seguimos escribiendo cada día la verdad de la vida ajena, y hasta de la propia. Porque, como bien sabes, quien escribe, se escribe: «El que escribe y reescribe, reescribiendo –y desescribiendo– se escribe, a la vez que escribe el mundo que le ha tocado vivir», según escrito está en la pág. 23, al inicio de Los papeles de Walter Benjamin.





28/5/26

Cargado de besos y de abrazos...

 

 

 

…para compartir con los lectores, con la pluma bien dispuesta, el próximo miércoles, 3 de junio, a partir de las 19:00h, estaré en la Feria del libro de Madrid (caseta 138 – Sial Pigmalión), por si a bien lo tienes.

  




          Y mientras se va la vida, y nosotros con ella, durante los primeros días de septiembre Walter Benjamin nos va a llevar a Portbou, para participar en la XI Escuela de Verano (La relación de "progreso" con el surgimiento de los "fascismos").

          Allí nos tocará reflexionar sobre «El legado de Walter Benjamin, paradigma de la modernidad».


 

 





8/5/26

Eric Clapton en la vigilia del Dia de la Victoria (Den vítězství)

 

 

En la víspera del 8 de mayo, el Día de la Victoria (Den vítězství), un día muy señalado para la República Checa y para toda Europa, el día de la rendición de las fuerzas nazis, el final de la Segunda Guerra Mundial en el continente europeo, acudí al concierto de Eric Clapton en Madrid.

Lástima que el concierto acabara de manera acidentada después de tan conmovedoras canciones, bien recordadas por todos, como Tears in Heaven (Véase abajo).

Acompañado por mi hija María, escuchando en directo a Eric Clapton, grata vigilia para recordar que el 8 de mayo de 2014, después de muchas peripecias, se da por felizmente concluida y puesta a disposición de los lectores Sinfonía de Praga (Tú, que eres curioso, podrás acudir a la página 522 de la novela, donde quedarás gratamente sorprendido).


 




 

4/5/26

Tal día como hoy –o de lo que hace ya 50 años fue–

 

Cuando ya casi todo hace 50 años que fue, tal día como hoy, 4 de mayo, vino a nuestro mundo un periódico muy yo, El País, el periódico que, en buena medida, ha configurado nuestra sociedad y que me ha ido configurando a mí como persona.



Tú bien sabes que hace unas semanas escribí mis deseos del momento: “Espero que el sol de primavera me ilumine todas las mañanas, que las lluvias de junio me rejuvenezcan y que pueda recoger todos los frutos que me depare el otoño, en esta etapa tan gratificante y hermosa que ahora inicio».

Eso escribía hace unas semanas, cuando, después de unos años como Catedrático de Lengua Castellana y Literatura y de más de 37 años de ejercicio profesional como Inspector de Educación, iniciaba mi jubilación.

Eso escribía cuando dejaba las responsabilidades públicas durante tantos años ejercidas –«Todos tienen derecho a la educación», el Art. 27.1 de nuestra Constitución Española ha sido mi lema durante todos estos años, como tú bien sabes–, para dar paso al escritor que llevaba dentro desde hace más de 50 años y que ahora aflora sin limitación alguna.

El chico de provincias que yo era entonces, hace cincuenta años, se vino a la Universidad Autónoma de Madrid para estudiar Filología Hispánica –¡cómo pasa el tiempo, cuando de casi todo hace ya cincuenta años!–. En ese momento se encontró con que había un hombre ya muy viejecito que agonizaba dolorosamente en el Hospital La Paz y al que, quienes promovían seguir en el pasado, no le dejaban morir–¡cuánto le cuesta morir al pasado–. Y se encontró en las aulas con Fernando Lázaro Carreter, Juan Manuel Rozas, Violeta de Monte, Francisco Abad, Ignacio Bosque, Ramón Sarmiento, Antonio Rey, Ramón Santiago, Antonio Narbona, Julio Rodríguez Puértolas, Miguel Dolç, Alfredo Deaño, Santos Madrazo y compañía, tú ya bien sabes.

Aquel chaval de provincias soñaba con llegar a Madrid, a la villa y corte, al lugar donde se ata a los perros con longanizas y donde se forja la fama pública de los escritores. Y enseguida logró que Ernesto Escapa le invitara a la tertulia vespertina que se realizaba en aquel momento en la Casa de León, en la calle del Pez, con Jesús Torbado, Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Pedro Aparicio y tutti quanti.

Todos los tertulianos alrededor de una mesa en la vieja Casa de León, con un café o un carajillo en una mano y mucho humo alrededor. Y, en medio de la mesa, una sempiterna botella de coñac. Todos bebiendo como cosacos, como si no hubiese un mañana, mientras yo defendía como podía que a mis pocos años de chico de provincias ya publicaba reseñas literarias en Informaciones, el periódico vespertino de la época, que entonces dirigía Emilio Romero y les contaba que el bueno de Pedro Miguel Lamet había logrado tal prodigio: y en vespertino madrileño, un jueves por la tarde, qué bien lo recuerdo, apareció mi primera crítica, dedicada a La noche que llegué al café Gijón de Francisco Umbral. Y luego siguieron otras dedicadas al brasileño Autran Dourado y a todo aquel que cayó en mis manos –¡qué grato era para aquel chaval de provincias, pelo largo y vaquero sucio algo raído, acercarse a la sede del periódico, a la calle de la Madera, ascender hasta la primera planta y salir con unas decenas de pesetas en efectivo en la mano: ¡un capital, entones, para quien nada tenía!–.

Aunque el grupo de escritores leoneses me acogía en su generoso seno y, a la hora pagar, no me dejaba pagar a escote –¡que el chico de provincias crezca primero, que para pertenecer al gremio de escritores leoneses primero hay que haber publicado un libro, me reiteraba José María Merino: «¡Y tú no has publicado ninguno!», me apuntaba, inmisericorde, con el dedo.

De nada servía indicarles que en León me había enseñado Lengua española durante dos años en Bachillerato don Miguel Díez, el hermano de Luis Mateo; o que me había dado clases de Dibujo el tío cura de Andrés Trapiello –¡el único suspenso en toda mi vida!–; o que Julio Llamazares se acercaba a veces hasta Villahibiera para escribir o para contemplar el Puente Blanco sobre el río Corcos, ya que no sobre el Esla. «No, primero hay que publicar un libro; aunque puedes beber coñac gratis, que nosotros te invitamos».

Y tampoco habría servido de nada que les hablara de Claraboya y de José Antonio Llamas –¡y no amanece!, que el viejecito que agonizaba en el hospital La Paz no moría ni a tiros– o de Agustín Delgado (con quien luego coincidí en la Inspección Central del Ministerio de Educación); o de Espadaña y de Victoriano Crémer (conservo algunas de las cartas manuscritas que este me enviaba); o que coincidí en mi primer año de profesor dando clases con Rogelio Blanco. O que les anunciara, que ya era mucho predecir, lo que iba a ser La negrilla del villahibierense Amancio González.

De modo que aquel chico de provincias que aspiraba a ser escritor en la villa y corte, al que invitaban a coñac en la Casa de León en Madrid tuvo que dejar sus sueños de escritor y convertirse en catedrático de Lengua y Literatura, en marido de Mercedes, o en padre de Arturo y de María, y dedicarse a escribir sobre proyectos curriculares y la organización de los centros docentes o sobre el procedimiento administrativo aplicado a las instituciones docentes y hasta a ejercer como Inspector de Educación y asumir diversas responsabilidades públicas, o convertirse en Agregado de Educación en la embajada de España en Praga y tantas otras cosas que le ayudaran a sobrevivir durante las pasadas décadas.

Y ese chico de provincias es hoy día lo que es en buena medida gracias a El País, a aquel periódico tan yo que vino a nuestro mundo tal día como hoy, hace cincuenta años, y que hemos ido leyendo día a día durante todo este tiempo, estuviéramos en Madrid o en León, en Bilbao, en Calatayud o en Caspe, en Praga, en París o en tantas otras ciudades del mundo, de este mundo redondo y transitable en el que nos ha tocado vivir.


Cincuenta años después de todo aquello, sin que se haya formado pelotón de fusilamiento alguno ni tenga que recordar la tarde en que mi padre me llevara a conocer el hielo, después de «Sinfonía de Praga» hace unos años, después de «Los papeles de Walter Benjamin» el año pasado y después de lo que vendrá –«La alegría de vivir», que completará la trilogía «Constelaciones de Europa»–, seguimos leyendo «El País» cada día, todas las tardes, bien arrellanado en la en la chaise longe del estudio o repantigado en el sillón orejero del salón, con el periódico bien emplazado sobre las piernas, ese periódico que sigue configurando el mundo en el que uno vive, en estos tiempos de tanto ruido y tanta furia, donde se agradece encontrarse cada día con lo que bien se sabe, bien se conoce y bien se quiere, nuestro periódico de todos los días.






2/5/26

Panorama desde el presente

  

He estado en el Centro cultural de la villa Fernán Gómez viendo la obra de Arthur Miller «Panorama desde el puente».

Estrenada en septiembre de 1955, la obra está ambientada en la década de 1950, en los suburbios portuarios de la ciudad de Nueva York.

En el escenario dominado originariamente por la imponente presencia del Puente de Brooklyn, Miller aborda el drama de los inmigrantes indocumentados e ilegales de aquella época.

En aquel entonces, eran principalmente italianos los que llegaban a Estados Unidos en busca de una oportunidad en la que idealizaban como la tierra de las oportunidades. Años después, hispanos de diverso origen, asiáticos y personas de otras partes del mundo están viviendo la misma dolorosa situación que se describe en la obra de teatro.

Panorama de aquella época –que es también esta, que es también la nuestra–, panorama de estos tiempos de ruido y furia en los Estados Unidos de hoy y en la España actual, como todos bien sabemos.

Pero la obra de Miller no solo presenta el doloroso panorama de los inmigrantes, sino que también reflexiona sobre las relaciones familiares, las emociones y los celos, culminando en una tragedia desgarradora que emociona al espectador.

Magnífica puesta en escena de esta obra, de gran actualidad y muy recomendable, que si no tienes ocasión de ver bien puedes leerla.




29/4/26

Haciendo por la vida...

  

...ayer tarde, haciendo por la amistad, haciendo por la cultura, acompañando al bueno de José Manuel Querol Sanz en la presentación de su libro No soy de un pueblo de bueyes –Apuntes insumisos sobre España– en la sala de arte de La Central del museo Reina Sofía.



De lo íntimo a lo académico, de lo político a lo cultural, de lo melancólico a lo onírico, y todo ello muy bueno y bien traído, en estos tiempos de ruido y furia en que vivimos, encontrarás en el libro de mi buen amigo José Manuel.

 


26/4/26

¿Se refieren a ti cuando de otros dicen…?

 

 

El «Tramapantojo» de Max (Babelia de ayer, 25 de abril) lleva por título “Notas al pie”:

 

https://elpais.com/babelia/2026-04-25/trampantojo-notas-al-pie.html

 

Aunque en su viñeta Max bien podría haberse referido con propiedad al Compleméntum (Manifiesto)» de «Sinfonía de Praga o al epígrafe «Notas, comentarios e imágenes (Post scriptum)» de Los papeles de Walter Benjamin.

 



Como tú bien sabes, la primera edición de Sinfonía de Praga, que, tal como se acredita en el colofón que la cierra, se terminó de imprimir el 28 de octubre de 2017, acogía cien copias en cartoné –numeradas del 001 al 101– y novecientas copias en rústica –numeradas del 101 al 1000– (Puede verse la imagen extraída del ejemplar n.º 101).



Y a ello habría de añadirse que, junto con la primera edición de la novela, se imprimieron, además, únicamente cien ejemplares de «Compleméntum (Manifiesto)» –¡dichoso de aquel bibliófilo que un ejemplar posee!–.

En la contracubierta del Compleméntum aparece escrito lo siguiente:

 

¿Y si la novela —nowwwela o nowebla—, plena, ya suficiente y encerrada en sí misma, es complementada —que no completada— con aquellos elementos que siendo ella y de ella ayudan a explicarla, a mejor o de otro modo entenderla?

¿Y si la obra, autónoma y autosuficiente, integra asimismo el credo o manifiesto en el que se sitúa y explicita el Ars Poetica por el que ha sido creada —cada movimiento, cada época, cada verdadera obra artística necesita, ya sea por reproducción o rechazo, ya sea por creación ex novo, un credo en el que sustentarse—?

De este modo, integrando en una obra de arte la novela propiamente dicha y el complemento —Compleméntum (Manifiesto)— que la determina, se habría logrado la obra de arte total y única, que quedaría así convertida en obra de culto.

El autor estaría, pues, autorizado a desaparecer, escritas ya todas las palabras —¡realización completa!

 

Y el Compleméntum (Manifiesto) no es moco de pavo, que 338 páginas tiene, como bien saben los que lo han podido degustar, y acoge el verdadero arte de hacer novelas en este tiempo.

 

Y si de Sinfonía de Praga pasas a Los papeles de Walter Benjamin, y acudes a la página 18 de la novela, te encontrarás con lo siguiente:


 

Asociado al relato narrativo y ensayístico de Benjamin, está a disposición del lector, al final del libro, el epígrafe «Notas, comentarios e imágenes (Post scriptum)», un centenar de páginas que acogen más de trescientas notas y comentarios que complementan los Papeles de Benjamin, así como sesenta y cinco imágenes, que hacen más vívido el relato y lo autentifican a los ojos del lector.

Algunas de esas notas aportan información rigurosa y útil, que puede resultar interesante para degustar y comprender mejor la narración de Benjamin [Las notas 1, 2, 3, 4 o 10 son ejemplo de ello].

Buena parte de las notas indican, con precisión y detalle en muchos casos, de dónde proceden las citas de la obra de Benjamin que se integran en el relato. Así se permitirá a quien lo desee seguir explorando el complejo mundo de la obra benjaminiana [Las notas 5, 6 y 7 son muestras paradigmáticas de lo indicado].

Hay otras notas y comentarios que complementan la narración y aportan información contrastada sobre la peripecia de la vida de Benjamin o sobre hechos y sucedidos que Benjamin no conocía cuando estaba escribiendo su relato en el verano de 1940. El ejemplo más significativo de ello es la última nota del epígrafe, numerada como nota 319, que ocupa una treintena de páginas: Va a permitir conocer con detalle lo que realmente sucedió en Portbou la tarde de aquel miércoles de pasión, o lo que aconteció aquel jueves de dolor, el aciago 26 de septiembre de 1940, en el que la muerte vino a reunirse con Walter Benjamin.

Se ha escrito mucho acerca de esos dos días de septiembre de 1940 –no siempre con acierto–. Ahora, por fin, se podrá leer información precisa sobre el trágico suceso, sobre la pasión y muerte de Walter Benjamin, así como ver la documentación gráfica acreditativa del caso que cierra esta novela en marcha, estos Papeles de Walter Benjamin.

Y hay, finalmente, algunas notas y comentarios que abren la novela a otros mundos [Muestra de ello es la nota 9 –Poética de la novela–, la nota 304 –Pasión y muerte de Antonio Machado, tan paralela, a la vez que tan complementaria a la de Walter Benjamin–, o la nota 316 –Mujer morena, muy atractiva y sensual, que lleva puesto un ajustado vestido rojo–, por citar únicamente tres casos]; o notas que ponen en cuestión el relato de Benjamin: ¿Cuántas maletas llevaba Alma Mahler consigo cuando cruzó los Pirineos hacia España, huyendo de los nazis, el viernes, 13 de septiembre de 1940? Buena era Alma con su atuendo personal; bien seguro que llevaba un suntuoso y completo juego de maletas. Pero, ¿cuántas? ¿Acaso quince maletas? Tendrás que acudir más adelante, a la nota 299, para saberlo.

Aunque, si quieres ponerte en situación de lectura, no estaría mal que comenzaras por la nota 295 o que leyeras el epígrafe «Agradecimientos –ad personas, et cætera», que te pondrán en la mejor disposición para leer estos Papeles de Walter Benjamin.

 

Vale.

 

22/4/26

Dos libros muy yo, acerca de ese pasado que tan cerca de nosotros está

  

Llevo unos cuantos días investigando y documentándome sobre un pasado no tan lejano, que tan cerca de nosotros está, con dos libros que son muy yo, ambos escritos por el alemán Uwe Wittstock:

  • Februar 33: Der Winter der Literatur. Verlag C. H. Beck, München 2021.
  • Marseille 1940: Die große Flucht der Literatur. Verlag C. H. Beck, München 2024.

El primero de ellos (Febrero de 1933. El invierno de la literatura) es un meticuloso relato histórico de la escalofriante rapidez con la que Hitler desmanteló en poco más de un mes, en febrero de 1933, el Estado de derecho alemán y, con él, el mundo intelectual, literario y artístico de la república de Weimar.



        

De Heinrich a Thomas Mann, de Bertolt Brecht a Alfred Döblin, de Walter Benjamin a Hannah Arendt y otros cientos de personajes de la cultura y de la literatura alemana, todos ellos, afectados de manera personal y directa, tuvieron que huir a toda prisa de Alemania, para tener que salir luego de Europa, siete años después.

En el libro se relata cómo en poco más de un mes, después de tomar posesión como canciller el 30 de enero de 1933, Hitler y sus secuaces se apoderan de Alemania y de todas sus gentes, con algunos momentos álgidos como el incendio del Reichstag el 27 de febrero, las elecciones generales de 5 de marzo o la quema pública de libro llevada a cabo el 10 de mayo, con las SA y las SS campando por doquier.

En el segundo de los libros mencionados (Marsella 1940. Los artistas que huyeron del nazismo) Wittstock muestra cómo cuando en junio de 1940 la Wehrmacht de Hitler llega a París, miles y miles de personas tienen que huir rápidamente hacia el sur buscando la salvación y no perder la vida en la Francia ocupada.




Muchos de los que huían a toda prisa judíos, intelectuales y artistas renombrados se encaminan a Marsella, buscando salir rápidamente de la Francia y de la Europa ocupada por las fuerzas hitlerianas.

Entre las personas que deambulaban por Marsella en el otoño de 1940 había muchos personajes ilustres, entre los que se encontraban Walter Benjamin, Henry Mann, Hannah Arendt, Franz Werfel, Alma Mahler, André Breton, Marc Chagall, Marcel Duchamp, Max Ernst, Claude Lévi-Strauss y tantos otros.

Y en contraste con esa realidad, tal como detalla Uwe Wittstock en su libro, un esforzado periodista norteamericano, Varian Fry, o la joven Lissa Fittko realizaron meritorios esfuerzos para lograr sacar de Francia a través de los Pirineos a aquellas personas que se encontraban como ratas enjauladas en la Europa de aquel momento y que, en su huida, solo buscaban la salvación y la vida fuera del territorio europeo.

Para quienes gusten de más información al respecto, les será muy grato acudir a la serie británica «Transatlántico» (Netflix), que se estrenó en 2023 y da a conocer visualmente la Marsella de 1940 que se retrata en el libro de Wittstock.

Como tantas veces hemos reiterado, y bien conocen los lectores de «Los papeles de Walter Benjamin» (Pág. 196):

 

«La literatura como expresión estética de la ética humana (Nulla aesthetica sine ethica): Responsabilidad ética para analizar críticamente el pasado y críticamente comprometerse con el presente; corresponsabilidad ética con el mundo que hemos de dejar hacia el futuro».

 

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